La muerte de un líder
La gestión de Néstor Kirchner estuvo jalonada más por aciertos que por errores, aunque faltó un plan de mediano y largo plazo. Salvador Treber.
La infausta noticia de la muerte de Néstor Kirchner, por lo inesperada y súbita, en lo personal paralizó por algún momento al autor de esta nota. Por propia y temprana experiencia, sé lo que implica afrontar, en lo humano, un trance de esa naturaleza, y reponerme no fue fácil para atinar a compaginar un comentario coherente. Deseo, en primer lugar, pensar en quienes perdieron al esposo o al padre, porque ocupar el máximo cargo político no libera ni alivia esos sentimientos. Al tener el occiso sólo 60 años, el golpe debe haber sido terrible en el seno de la familia. Para cualquiera, semejante pérdida implica un verdadero desafío que obliga a juntar fuerzas y reaccionar; además, puede hacerlo en la intimidad y tomándose su tiempo. En este caso, las exigencias que requiere el manejo del Estado obligan a la Presidenta a enjugar prematuramente sus lágrimas y recuperar en un santiamén las cualidades y la clarividencia indispensables para seguir gobernando. La ausencia de alguien tan temperamental y apasionado no se supera con facilidad y lo sentirá, aunque de distinta forma, no sólo ella sino todos quienes nos acostumbramos a su presencia.En cuanto a su gestión al frente del Poder Ejecutivo durante cuatro años (2003-2007) está jalonada mucho más por aciertos que por errores, razón por la cual globalmente arroja un saldo más que positivo. Debe recordarse que asumió luego de un proceso de fuerte caída de la actividad económica, con dramáticos índices de desocupación y pobreza que definieron uno de los peores colapsos que cíclicamente venía sufriendo el país en cada década transcurrida, a partir de la gran crisis de la década de 1930. La recuperación económica. Convertido en "piloto de tormentas", sin más experiencia que su paso como gobernador de la provincia de Santa Cruz, fue dando forma a la recuperación. Lo hizo con mano férrea y logró revertir el doble déficit –tanto de la Tesorería como del balance de pagos–, al mismo tiempo que impulsaba la actividad interna y la diversificación de mercados para nuestro comercio internacional. Los que tratan de quitarle méritos, hablan de que sólo sacó partido del "favorable viento de cola" y esto es incurrir en un acto de deshonestidad intelectual, pues desde 1945 hasta 2002 hubo muchos períodos muy favorables de la economía mundial –en especial, los 25 años desde 1950 a 1974– que el país no aprovechó de modo adecuado. Por el contrario, fuimos "caja de resonancia" de todas y cada una de las diversas crisis generales o localizadas que estallaron en varias zonas del planeta (entre ellas, la recesión de 1982/85; México y el efecto "tequila", 1994/95; la del sudeste asiático, 1997/98; remezones de la turca y la rusa, 1998/2000).Haber logrado que los antecedentes de reiteradas caídas –apenas alternados con leves y breves recuperaciones– fueran sustituidos por un crecimiento acumulado durante los cuatro años de su mandato, que llegó a 40,5 por ciento, y sentar las bases para que persista la continuidad de esa tendencia –que a fines de este año hará trepar el producto interno bruto para este período en un insólito 76,3 por ciento– no es poco y, en buena medida, es adjudicable al ausente. Sólo por mezquindad, celos o ansias de trepar se puede incurrir en esas actitudes de negación injustificada. La gestión posterior, desde que accedió al sillón presidencial su esposa, Cristina Fernández, lleva también su sello indeleble y por ello debe evaluarse en conjunto. Basta con referir que coincide con el período más exitoso de la evolución económica de la Argentina a lo largo de un siglo, sin que pueda compararse con otros. No puede alegarse que "todo estaba servido", pues la oposición se mostró siempre inclemente y trató de capitalizar en su provecho algunos pasos en falso que nunca faltan, pero no aportó nunca vías alternativas que incluyeran soluciones reales.Es obvio que no fue fácil superar la parte más aguda del conflicto con el campo, que coincidió con el comienzo de la recesión desatada y aún no superada, que abarca a las principales potencias del Hemisferio Norte, además de la peor sequía de los últimos 60 años, que redujo de manera considerable dos cosechas consecutivas. El hecho de que se haya ampliado el número y el volumen de ventas al exterior, de forma que ahora son 64 los países en que se colocan, en cada uno de ellos, más de 100 millones de dólares anuales de nuestro productos, contra 34 millones en 2004, también constituye una consecuencia de la acción de Gobierno, que no puede omitirse.Lo expuesto no quiere decir que todo estuvo acertado. Hubo muchos errores de diversa magnitud y omisiones lamentables. La primera y principal es no haber siquiera intentado diseñar un plan de mediano y largo plazo que marque el rumbo, cualesquiera sean los que en el futuro nos gobernarán. Dado que las perspectivas de 2011 son óptimas, es de esperar que no sean malogradas por la ambición y el oportunismo.La muerte de un líder de semejante envergadura debería promover acciones destinadas a igualar y hasta superar su gestión, lo cual exige no improvisar ni contribuir a sembrar la incertidumbre. Dependerá de todos nosotros mantener la templanza y la pizca de grandeza indispensables para pensar sólo en el país y su gente en este difícil momento de prueba.

