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La melancolía de la historia

La Revolución Francesa dejó un legado ambivalente: la Declaración de los Derechos del Hombre y la guillotina, o sea la libertad y el terror.Julio César Moreno.

10 de julio de 2010 a las 12:01 a. m.
Julio César Moreno (Periodista)
La melancolía de la historia

"La República francesa declara al mundo entero que la felicidad es posible", dijo Louis de Saint-Just desde lo alto de la tribuna de la Convención. No dijo en esa ocasión que la Revolución de 1789 se había hecho para instaurar la libertad, la igualdad y la fraternidad. En todo caso, estos valores estaban sobreentendidos en aquella consigna suprema. "La felicidad es posible: ése es el mensaje de todas las revoluciones, el explosivo más poderoso que jamás se pueda inventar", escribió un siglo y medio después Roger Vailland en Valiente Juego , quizá la mejor novela sobre la Resistencia francesa a la ocupación nazi.

Saint-Just, Maximilien Robespierre, Georges Jacques Danton y Jean-Paul Marat fueron los grandes líderes jacobinos de la Revolución Francesa. Marat fue degollado por una joven mujer, Charlotte Corday; Danton fue guillotinado por orden de Robespierre y Saint-Just; y estos les cortaron la cabeza por orden de los antijacobinos que habían tomado el poder. Se cumplió una vieja ley de la historia: las revoluciones devoran hasta a sus propios hijos.

Historia y amor. Pero Vailland no daba a su relato un simple significado histórico; también lo refería a la vida de cada ser humano. Uno de sus personajes, de la época de la Resistencia, le dice a una joven y bella mujer: "Annie, yo le declaro a usted que la felicidad es posible, estamos al final de una noche y también es el fin de la noche, pero no hay que dormirse en las horas que preceden al alba; quienes se duerman en la noche de la vergüenza, no conocerán el día de la gloria".

La frase encierra una combinación perfecta entre la intimidad del amor y la eclosión de la historia. Unas semanas después, en agosto de 1944, con la entrada de los miembros de la Resistencia y las tropas del general Charles De Gaulle junto a las fuerzas de los aliados angloamericanos se produciría uno de los grandes acontecimientos de los tiempos modernos: la Liberación de París. Y pocos meses después, en abril de 1945, el ejército soviético tomó a sangre y fuego Berlín, derrumbando en forma definitiva al régimen de Adolf Hitler.

Los símbolos. Dentro de pocos días, el 14 de julio, se cumplirá el 221#176; aniversario de la Revolución Francesa. Y la pregunta es siempre la misma: ¿qué ha quedado de la más grande de las revoluciones de la historia?

Quedaron los símbolos, como La Marsellesa, que fue una marcha revolucionaria y es el himno nacional de Francia, que cantan hasta los jugadores de la selección en los mundiales de fútbol. Quedó la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, que es uno de los pilares del constitucionalismo moderno y de la democracia.

Pero quedó también la imagen de la guillotina, que fue el símbolo del terror. Ésta parece ser la ambivalencia de todas las revoluciones: la libertad, por un lado; el terror, por el otro. Ocurrió casi lo mismo con la Revolución Rusa de 1917, que se hizo al son de La Internacional, una marcha tan fuerte y grandiosa como La Marsellesa. La toma del Palacio de Invierno de San Petersburgo por los bolcheviques es equiparable a la toma de la Bastilla por los revolucionarios franceses. Ambos hechos quizá fueron vividos como "el día de gloria", pero después llegó el terror más despiadado: el de los jacobinos, en Francia; el de Stalin, en Rusia. Y en cuanto a si "la felicidad es posible", es una pregunta pendiente, sin respuesta, un sentimiento de nostalgia y melancolía para los hombres de nuestro tiempo.