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La medida del espanto

Muchos son los miedos que caben en el gran miedo que despertaron los tremendos sucesos terroristas en París.

15 de noviembre de 2015 a las 12:01 a. m.
La medida del espanto

¿C uál es la medida del espanto con el que se pueden vivir aquí, a la distancia, los tremendos sucesos ocurridos en París? Las imágenes estremecidas nos confirman la globalidad simultánea en la que estamos inmersos, y el sentido de pertenencia a la humanidad se vuelve un asunto escalofriante. Son muchos los miedos que caben en este miedo gigante. Bombas y metrallas enceguecidas de fe en la violencia más sangrienta han repartido muerte entre vidas sorprendidas en la desprevenida cotidianeidad de un día cualquiera. Vidas que quedaron sin vidas y dejaron a otras hundidas en el dolor. ¿Cómo es posible aceptar que las condiciones de estar acá, de ser sólo gente común, es de tal fragilidad? ¿Cómo ampararse entre las acechanzas de un mundo que está partido, en el que los pueblos, las culturas no terminan de mirarse a los ojos y de entender el derecho de cada uno a su propia existencia, el derecho a vivir, a ser parte de este planeta que nos da cobijo y al que le devolvemos desvelos? Tanto en Francia como en Siria o en cualquier lugar del mundo, ¿en manos de quiénes está la condición de gente común, que ha venido aquí a cumplir con mandatos esenciales y que trata de entenderse con los pesares y las adversidades más elementales para llegar a la orilla de la alegría más simple? El año despuntó con París como escenario de otro feroz episodio, cuando dibujantes de la revista Charlie Hebdo fueron asesinados por un grupo de islamistas de intolerancia extrema. Meses después, el drama de los refugiados, de los desesperados que escapaban del infierno sirio en busca de las costas europeas, se plantaba frente a las conciencias con la desolada foto del pequeño Aylan recostado entre la playa y el mar como si durmiera, pero muerto. Decíamos entonces que la imagen señalaba a toda la humanidad por extensión, pero el mensaje es directo para aquellas sociedades que salen a sembrar el infierno en otras latitudes para alimentar sus ambiciones insaciables. Episodio tras episodio, nos va quedando en claro que la manera en la que el mundo se organiza augura más fuego y agonías. Que los modos de Occidente no dan para más y generan inmensos monstruos; que el terrorismo del Ejército Islámico debe ser contenido. El más aciago horizonte es seguir asistiendo a esta rutina de acción y reacción, a riesgo de perderlo todo. Mientras tanto, América latina se mantiene distante de este conflicto que desangra y devasta, e intenta construir un destino propio y diferente en este siglo 21, sin dictaduras ni saqueos. Ayer, Gabriela Beltramino, cantante cordobesa de jazz en plena gira por Europa, escribía desde Francia en su muro de Facebook.: “Amaneció y París está calma. Los negocios abriendo y gente tranquila por la calle. (...) No se alarmen, eso sólo contribuye a lo que estas personas desequilibradas quieren lograr (...) No se olviden hoy de dar las gracias por despertarse enteros y sanos, y por vivir en un país que tendrá mil defectos, pero está lejos de estas luchas de poder en las que la vida pareciera no tener valor alguno”.