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La lluvia y la porfía de la vida

El ánimo de la lluvia trepa hasta un balcón abierto a la intemperie y estalla vivificante, restaurando la certeza de la fecundidad. Alejandro Mareco.

19 de diciembre de 2010 a las 12:01 a. m.
La lluvia y la porfía de la vida

Cuando la luz del sábado despertó, ya estaba la lluvia. Antes de que las gotas reúnan al cielo con la tierra en una sola entidad cósmica, en una misma fórmula de fecundidad, la lluvia siempre se anuncia con una gran puesta en escena: aquí abajo, al ras del piso, donde sólo tenemos un puñado de sentidos para percibirnos vivos, la presentimos en el ánimo sombrío de las nubes, en la intensidad más espesa y fresca del aire que abre la respiración y tensa las mejillas desnudas. Sobre todo, la reconocemos en el humor propio de lluvia que asumen las cosas de esta porción de universo que nos rodea y las de ese otro universo, más pequeño aun o quizá más gigante, que nos late en la intimidad del pecho. Pero ahora (que fue ayer), que ya amaneció con el aguacero mojando el asfalto, hay que hundirse sin preámbulos en sus sensaciones. El suave murmullar del otro lado de las ventanas promete ese elixir que se aspira por los poros; y efectivamente está ahí, cubriendo con su aliento la abigarrada vastedad urbana del corazón de la ciudad: el ánimo de la lluvia trepa hasta un balcón abierto a la intemperie y estalla vivificante, restaurando la certeza de la fecundidad. La celebración de la lluvia es la celebración de la porfía de la vida. Pasan los ardores más secos y calcinantes, los estíos más sedientos; pasan las largas esperas en las mesetas de la incertidumbre; pasan los días, las generaciones; pasan las muertes, y vuelve la lluvia. Siempre vuelve la lluvia. Siempre vuelve la vida. La lluvia de estos días de diciembre nos reafirma que en esta latitud estamos una vez más a salvo de la árida agonía que prolongan los inviernos. La manera de ser de nuestras estaciones, de nuestras relaciones con la naturaleza, forma parte de nuestras definiciones más esenciales y originales: los humores de la gente se parecen a los de sus paisajes. De pronto, la mansedumbre del aguacero se vuelve por un momento un recio chaparrón que castiga las ventanas y uno recuerda las furiosas y funestas versiones que puede asumir la tempestad en estas tierras, como las que suelen estremecer a la Córdoba de verano. Es que nada como la lluvia para entender la idea de indefensión que inquieta la conciencia de las palabras “desamparo”, “intemperie”. Por eso, aun bajo los techos más humildes, la oportunidad de guarecerse quizá alcance para capturar una sensación de hogar, de protección. La lluvia siempre vuelve a convidarnos con la voluntad del cosmos de que la vida sea en esta tierra y en esta latitud. Si uno le presta atención, puede oírla cantar. Es como un huracán hecho con un millón de suspiros.