La jugada de Cristina
El régimen mutará hacia la forma de una república parlamentaria, donde el presidente es un jefe de Estado con funciones protocolares, porque el poder radica en el Parlamento.
El kirchnerismo vive la entronización de Daniel Scioli por Cristina Fernández como muchos radicales vivieron, en 2011, la postulación de Roberto Lavagna como candidato propio.
La diferencia es que los radicales jamás habían denostado al economista peronista, al que postularon mascullando impotencia y resignación.
En cambio, el kirchnerismo no tiene forma de ocultar la cantidad de vejaciones y desprecios que le hizo a aquel a quien ahora deben votar. Hasta la estética política de Scioli les resulta repulsiva, pero los soldados cumplen órdenes, y esa orden es que voten a quien, hasta ayer nomás, consideraban un menemista irredento al servicio de Clarín.
La Presidenta debió optar entre identidad política y competitividad electoral... y eligió la competitividad electoral.
Salvo que durante todos estos años Scioli haya simulado ser diferente y se haya rodeado de economistas como Miguel Bein y Mario Blejer sólo para engañar a empresarios y mercados, el candidato presidencial del Gobierno nacional no comulga con el modelo político y económico ni encaja en las liturgias ideológicas de quienes lo postulan.
A esa imagen de Scioli no la impusieron los dirigentes de la oposición ni los medios críticos. La impusieron la dirigencia y el periodismo kirchneristas.
Por eso la designación de Carlos Zannini como su compañero de fórmula se ve como un cepo político sobre el candidato.
De tal modo, quedó una fórmula en la cual los candidatos parecen destinados a neutralizarse uno al otro. Por cierto, a quien quiere neutralizar Cristina es a Scioli. Y su estrategia sería pasar del hiperpresidencialismo a un parlamentarismo fáctico.
Si hay un Kirchner en la Casa Rosada, entonces el sistema es hiperpresidencial, y el Congreso, la “escribanía” que aprueba todo.
Pero si, por la muerte de Néstor, la inexistencia de Alicia y la debilidad electoral de Máximo, no puede haber un Kirchner en el despacho principal de Balcarce 50, entonces la estrategia es pasar al parlamentarismo fáctico, mediante el traslado del poder al Congreso.
Con Zannini a la cabeza del Senado, “Wado” de Pedro al frente de la Cámara de Diputados y la mayoría de las bancas ocupadas por La Cámpora, el régimen mutará –de hecho– hacia la forma de una república parlamentaria, donde el presidente es un jefe de Estado con funciones protocolares, porque el poder radica en el Parlamento, donde el primer ministro ejerce la jefatura de gobierno.
Vacío opositor
Si Zannini es el vicepresidente, difícilmente Scioli pueda tomar decisiones sin su aprobación. No sólo porque Zannini representará a Cristina y al proyecto. También porque es mucho más inteligente, formado y eficaz que quien estará en la Presidencia.
Por eso, incluso en el caso de que Scioli se haya convertido al “modelo” –como el pagano Pablo se convirtió en apóstol–, es difícil que pueda evitar que el ideólogo y verdadero jefe sea su vice.
Así las cosas, de ganar la fórmula a la que bendijo Cristina, hay tres posibilidades.
La primera, que Scioli “mariottice” a Zannini, es decir que logre con él lo que logró con el vicegobernador que le habían impuesto, Gabriel Mariotto, a quien convirtió en sciolista.
La segunda es que sea un presidente títere, que simule gobernar pero esté vaciado de poder real por el parlamentarismo fáctico.
Y la tercera es que intente quitarse el cepo gobernando mediante decretos de necesidad y urgencia, para neutralizar el poder que Cristina quiere acumular en Zannini y La Cámpora. Si esto es lo que ocurre, habrá un gobierno en conflicto consigo mismo.
De momento, aun si restara competitividad a Scioli más allá del 30 por ciento kirchnerista, la jugada de Cristina muestra más inteligencia y liderazgo que lo que están mostrando Mauricio Macri y Sergio Massa.
La procedencia maoísta y pro albanesa de Zannini implica su admiración a dos líderes estalinistas, Mao Tse Tung y el albanés Enver Hoxha. Los dos rompieron con Moscú cuando Nikita Kruschev reveló los crímenes de Josef Stalin. Y ambos aprendieron del brutal líder soviético la concentración absoluta del poder, el verticalismo total y el culto personalista.
Por eso, es fácil deducir que el vigoroso y verticalista liderazgo de Cristina –enmarcado en un notable culto personalista– es obra de Zannini.
La escuela de Mao y Hoxha explica, además, su capacidad para dirigir la propaganda que enamoró a parte de la clase media. Y mediante el verticalismo y su eficacia para “bajar línea”, logrará también que la militancia digiera a Scioli como antes digirió al general César Milani y tantos otros malos tragos.
A la competitividad más allá de la militancia propia y del aparato clientelar, la aportarán las negligencias de la oposición. A Macri le bastaba acordar con Massa que este compitiera en la provincia de Buenos Aires y pidiera a sus votantes un voto opositor en las nacionales para complicar a la fórmula kirchnerista. Pero no lo hizo.
Massa pudo, sin necesidad de acordar con Macri, correr en el andarivel donde aún es competitivo (la elección provincial), pero correrá en la pista donde no tiene chance: la presidencial.
Los opositores creen que esa porción mayor al 50 por ciento que no quiere más kirchnerismo les dará el triunfo, aunque no hayan construido una costa visible para que esos votos naveguen hacia ella. Pero el voto nunca navega hacia la nada.
Hasta el náufrago atrapado en una isla gobernada por nativos hostiles no la abandona si no hay otra isla a la vista. Esa tierra firme es lo que, hasta ahora, no han sabido construir y mostrar los opacos jefes opositores.

