La ideología del odio político
Es imposible no relacionar el discurso exaltado del Tea Party con la exacerbación que colocó el dedo del criminal en el gatillo en Tucson. Claudio Fantini
El odio político es una fermentación ideológica que actúa sobre las zonas grises de la sociedad. No es de derecha ni de izquierda, sino un catalizador que activa rencores y mediocridades, apuntándolos contra blancos determinados. El resultado de la reacción provocada siempre es la violencia política. Y el trayecto de esa violencia empieza en la palabra y termina en los actos. Probando que no es exclusividad de izquierdas o derechas, sino una fermentación ideológica, el odio político se muestra en el movimiento ultraconservador norteamericano que lideran Glenn Beck y Sarah Palin, así como en sectores de la izquierda kirchnerista y de la derecha antikirchnerista.En Estados Unidos, cuando alguien dispara contra una figura política, la tarea es dilucidar si fue una conspiración o "un loco suelto". Ocurrió esta semana en Tucson y la memoria colectiva recorrió una historia iniciada en 1865, cuando el fanático sureño John Booth acribilló a Abraham Lincoln. Jamás se supo por qué Charles Giteau asesinó al presidente James Garfield, pero está claro que la muerte de William McKinley a manos del anarquista polaco León Czolgosz en 1901, desató la ola xenófoba que derivó en las aberrantes ejecuciones de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. Las balas de Lee Oswald contra John Fitzgerald Kennedy en Dallas, así como las que cinco años después mataron a Luther King en Memphis y a Bob Kennedy en Los Ángeles, dejaron sabor de oscuras conspiraciones, mientras que los fallidos atentados contra Gerald Ford y Ronald Reagan llevaron el sello del lunático ensimismado. Por lo trascendido sobre el joven que baleó a la demócrata Gabrielle Giffords en Tucson, matando e hiriendo a otras personas, sería el típico caso del sicópata en un país con armas al alcance de la mano de cualquiera. Sin embargo, en esta oportunidad, la sensación de que no fue un complot convive con la certeza de que fue una consecuencia de la violencia política imperante.De inmediato, la mirada de la opinión pública giró hacia el Tea Party. Seguramente, ese grupo no organizó el ataque. Pero es imposible no relacionar su discurso exaltado con la exacerbación que colocó el dedo del criminal en el gatillo. Desnudando su extremismo irresponsable, referentes y medios aliados del Tea Party (principalmente la cadena Fox), repiten que Barack Obama es "musulmán y comunista", mientras sus adherentes de base acribillan con insultos y descalificaciones a todos los que defienden el gobierno demócrata y el carácter abierto y multiétnico de la sociedad norteamericana.Con otras acusaciones y diferente terminología pero similares niveles de rencor y aborrecimiento, expresan odio político tanto un amplio sector de base de la derecha antikirchnerista, como referentes y legionarios directa o indirectamente financiados o favorecidos por el kirchnerismo. La versión local. En Argentina, la fermentación ideológica que activó rencores, frustraciones y mediocridades para crear odio político, se inició en el oficialismo pero terminó despertando un eco insoportable en la base de la oposición de derecha. Esta base se expresa en cadenas de mails y foros de lectores, refiriéndose a la Presidenta y a los defensores del Gobierno con insultos y conceptos infectados de fobia. El agravio y la descalificación no son elementos del debate, sino del rencor que enciende el odio político. En la derecha antikirchnerista ese rencor evidencia desprecio social y nostalgias de dictadura militar, típico de frustraciones y mediocridades acumuladas en clases medias. En ese mismo sector están las frustraciones y rencores que activa el fermento ideológico de cierta izquierda kirchnerista.Entre los referentes del oficialismo hay quienes defienden al gobierno con nobleza y lucidez. Son muchas las razones para elogiar las gestiones de Néstor y Cristina Kirchner, y hay quienes lo hacen con honestidad y jerarquía moral, ergo, sin agravios ni descalificaciones. Pero están los referentes y legionarios enamorados de la calificación de "enemigo de lo nacional y del gobierno popular". Esa estratagema maniquea les permite disparar públicamente rencor y aborrecimiento. El fermento ideológico actúa como catalizador y también como camuflaje y autojustificación. Una cosa es defender una idea o una acción gubernamental, y otra muy distinta es vomitar acusaciones, burlas y desprecio.Este es el único aspecto verdaderamente negativo del gobierno kirchnerista. En lo demás, posiblemente pesan más los aciertos que las fallas. Pero haber activado esa zona gris de la clase media donde se generan las legiones de linchadores, injertó el odio político de una pretendida progresía que pronto despertó un eco, igualmente viscoso y agrio, en el área opaca de la misma clase media donde anida un derechismo agresivo y cavernícola.La coartada de los odios viscerales es ese espectro siniestro que la fermentación ideológica llama "el enemigo" y abarca todo lo que no está en el espacio propio. Disparar improperios y difamaciones a mansalva sobre ese blanco difuso, está permitido y hasta premiado. En Estados Unidos, al odio político que acaba de manifestarse con una masacre en Tucson, lo activó el gobierno de George W. Bush para acumular poder librándose del control de la oposición y la prensa crítica. Al fin de cuentas, el héroe y el enemigo pueden tener perfiles diferentes, pero el objetivo de embriagar por fermentación ideológica es siempre el mismo.
*Director del Departamento de Ciencia Política de la UESiglo21

