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La grieta se agranda en la Web

En Argentina, el kirchnerismo es la fuerza que supo manejar las redes sociales para crear y ampliar una “zona de confort” homogénea.

23 de enero de 2016 a las 12:05 a. m.
La grieta se agranda en la Web

Z ygmunt Bauman las llama "zonas de confort" y las considera causantes de que las redes sociales sean "una trampa". Para el sociólogo que definió la "modernidad líquida", muchas personas van "encerrándose" en comunidades donde se ven reflejadas a sí mismas. Esa tendencia dificulta la unidad, porque crea muchas unidades identitarias que se aíslan y confrontan a las demás. Ergo, es fácil utilizarlas para dividir y enfrentar.El mundo entero vive esta nueva tribalización. Un comunitarismo virtual que los ideólogos populistas de izquierda y derecha saben convertir en instrumento para dividir a la sociedad y construir poder, inoculando odio político en la fractura y fortificando y ampliando, al mismo tiempo, la cofradía propia.En Estados Unidos, si bien Barack Obama había hecho la punta usando las redes para financiar sus primeras campañas, luego fue la derecha dura la que generó y amplió una "zona de confort", donde fermentó el viejo desprecio conservador del interior, cerrado y religioso, contra el cosmopolitismo "liberal" de las grandes ciudades de las costas Este y Oeste.Las comunidades progresistas y centristas de la Red apoyan laxamente a Obama. Pero la tribu republicana gravitada por el Tea Party odia visceralmente al presidente, a Hillary Clinton, a los demócratas y a todo lo que camine por esa vereda.La comunidad que no vota conservadurismo es más grande, pero la ultraconservadora es beligerante y está ideológicamente unida.En Argentina, el kirchnerismo es la fuerza que supo manejar las redes sociales para crear y ampliar una "zona de confort" homogénea.Especialistas, asesorados por quienes crearon las "guerrillas de la Red" en Venezuela, pensaron y actuaron con solvencia técnica, configurando dos niveles: uno rentado y adiestrado para actuar como artillería en la Web, y otro para que habite una comunidad identificada con el liderazgo y convencida de que la versión kirchnerista del pasado y el presente es verdadera.La dimensión rentada y adiestrada para los ataques y emboscadas contra la imagen personal de quien cuestione a Cristina y a la versión kirchnerista de las cosas fue uno de los instrumentos más eficaces en la inoculación de odio en la fractura social.Descargando su bilis en los comentarios de lectores publicados al pie de las notas, y realizando otras acciones de esa calaña, fueron un brazo verbalmente armado de las usinas. Además, alimentaban a la comunidad que fue creciendo y profundizando su identidad política, hasta quedar blindada a esa realidad que desmiente muchas de sus creencias, volviéndose impermeable a todo lo que no sea la interpretación propia del mundo.En la otra vereda, fue creciendo un odio igual de purulento y viscoso, aunque sin estrategas ni financiación ni más organización que la embestida anárquica que suele tener al rencor como combustible. Batalla cultural En esa vereda no hay "una" zona de confort, sino muchas comunidades laxas, donde lo único en común es el rechazo al tipo de liderazgo de Cristina y a su blindado sistema de creencias. En la zona anti-K, se comparte la aversión a las liturgias y fervores de lo que perciben como una feligresía obnubilada, pero en lo demás sólo hay diferencias. Como en esa vereda la dirigencia no construyó una identidad, entonces no podría haber una sola comunidad, porque lo compartido está en lo que se rechaza, mientras que las diferencias están en lo que se quiere y aprueba.Los oráculos intelectuales y dirigenciales que llevan años anunciando el fin del kirchnerismo –más allá de la excitación que producen en los espíritus exaltados– fracasan, entre otras cosas, por no tener en cuenta la fuerza de la pertenencia a comunidades virtuales.El kirchnerismo sabe usarla; los demás, no. Tampoco analizan la incidencia que tiene en las mentes, ni su vigor como factor aglutinante.De un lado hay estrategia cultural, mientras del otro lado no hay nada. Lo advirtió Beatriz Sarlo después de que el campo dejó grogui al gobierno K en la pelea por las retenciones: "Ojo que a la batalla cultural la está ganando el kirchnerismo", dijo.Ahora, aún habiendo descendido al llano, mantiene una cofradía convencida de que lo que dice su liderazgo es la verdad, y de que la corrupción, el vínculo con los narcos, la oligarquía de testaferros y empresarios amigos, la pobreza y otras realidades escondidas por la prestidigitación del "relato" son patrañas elucubradas por Clarín y otros forajidos que parecen inventados por Quentin Tarantino.Más allá de las muchas cosas ciertas que describe el "relato", lo increíble es la impermeabilidad lograda con las otras muchas cosas que desmiente la realidad y que denuncia el antikirchnerismo.En cuanto a la apreciación de lo real, aún existiendo la influencia de grandes medios, en la vereda no kirchnerista se ve mejor porque no hay uniformidad ni adoctrinamiento. Por ejemplo, cuando Mirtha Legrand llamó "dictadora" a Cristina, la mayoría de los exponentes del pensamiento opositor la cuestionaron por incurrir en un exabrupto. Pero en la vereda K, nadie considera una desmesura que se describa al actual gobierno como una "dictadura" abocada a la "censura", para reimplantar la economía de Alfredo Martínez de Hoz.Que en la cofradía virtual donde "se abrazan hasta que vuelva Cristina" crean semejante patraña, prueba la ceguera y el sectarismo al que pueden llevar las "zonas de confort", cuando son conducidas por expertos y desoyen la advertencia de Zygmunt Bauman.