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La fuerza de la debilidad

El poder del Estado es tan desmesurado que el espacio económico y político que queda al margen de su cobertura apenas logra sobrevivir.

16 de agosto de 2015 a las 12:01 a. m.
Julio Bárbaro (Politólogo)
La fuerza de la debilidad

La política nacional se debate entre la continuidad y la renovación. En rigor, el final del apellido Kirchner implica en sí mismo un cambio profundo. Daniel Scioli se esmera en ser el heredero, mientras es lo menos parecido a Cristina Fernández. Los que amenazaban sublevarse por verlo poco revolucionario se llamaron a silencio, lo que demuestra que sus lugares en la nómina de personal del Estado eran, en esencia, aquello que llamaban revolución. El kirchnerismo casi no existe en Córdoba, donde gobierna el peronismo, y se impone en Santiago del Estero o Formosa. Podemos decir, sin exagerar, que es un sistema que se desarrolla y convive con el atraso y el clientelismo.El kirchnerismo es el atraso en su versión progresista.Las provincias donde no puede ganar la oposición casi no tienen entidad de tales. Hasta los barones del conurbano inician su retirada. En la tensión con el atraso, la derrota del kirchnerismo implica el triunfo del progreso. No habrá mayoría absoluta, ese mal que tanto daño nos hizo, que eliminó la presencia de la oposición: ahora volveremos a tener Parlamento.El intento de ir por todo ya no tiene otra vigencia que la nostalgia de los resentidos. Scioli visita Clarín; todavía no se anima a concurrir a la Rural, pero estamos desandando la fractura.Gastaron fortunas en medios obsecuentes para terminar todos amontonados poniendo la cara en TN. Los alcahuetes no sirven en las difíciles; son los parásitos de la bonanza. Vuelve a ocupar un lugar el pensamiento, ese denostado por los economistas ayer y por los encuestadores hoy.Cuando gobernaron los militares, perdimos la guerra; cuando los economistas, dimos en quiebra, y ahora que se imponen los encuestadores, perdimos el rumbo.La suma de las ambiciones personales no genera un proyecto de sociedad. Necesitamos construir una clase dirigente que elimine el relato kirchnerista y proponga un nuevo rumbo en el que salgamos del odio al enemigo para pasar al respeto al adversario.El pasado es el espacio del aprendizaje para forjar un futuro entre todos, conscientes de que todos somos necesarios, que cada uno ocupe su lugar.Jorge Luis Borges resulta imprescindible, pero también Discépolo, y nosotros estamos obligados a integrar todo aquello que no fue posible que se encontrara en otras épocas.El daño del kirchnerismo es enorme, pero al menos no logró convertirnos en Venezuela. Lo peor de la sociedad asumió estar dispuesta a aceptar cualquier sistema con tal de sostener sus prebendas, de asegurar sus ganancias.Empresarios, sindicalistas y políticos desplegaron excusas de todo tipo para justificar su adhesión al autoritarismo de moda. Nada más sintomático de una decadencia que la forma en que se justifican las indignidades. Pocas veces el éxito estuvo tan ligado a la pérdida de los valores humanos. Vivimos un sistema donde el triunfo va unido a la degradación.

Tras las primarias

Los resultados electorales dejaron el futuro en duda. Nadie puede asegurar que ganen en primera vuelta, todos saben que les resulta muy difícil imponerse si todo se define en la segunda.

La oposición sigue dividida. Sergio Massa pudo sostener su presencia acompañado por José Manuel de la Sota, pero es casi imposible que tenga opción de triunfar.

Mauricio Macri jugó demasiado al crecimiento de su propia fuerza y ahora quedó al borde de pagar caro su sectarismo. Pienso que ambos –Macri y Massa– no pueden sobrevivir a un triunfo de Scioli.

La oposición tiene demasiada tensión para salir indemne de un posible fracaso. No se discute 
un partido: estamos eligiendo un sistema.

Scioli no dice nada sobre si está de acuerdo con terminar de destruir a la Justicia para que no pueda cuestionar la corrupción del poder.

En Brasil, también hay corrupción, pero empresarios y políticos terminan presos. Aquí, el único riesgo lo corren los jueces que cuestionan la indiscutible corrupción del Gobierno.

El poder del Estado es tan desmesurado que el espacio económico y político que queda al margen de su cobertura apenas logra sobrevivir.

Necesitamos una dirigencia con grandeza para superar a la pequeñez imperante. Un grupo de personas que se haga cargo de pensar más en lo colectivo que en sus propios intereses.

La suma de las ambiciones individuales no da una sociedad; algunos deben hacerse cargo de soñar un rumbo colectivo. Y eso va mucho más allá de las ideologías: necesita de ellas y de los distintos sectores, requiere rehacer un proyecto común armonizando a todas las partes de nuestra compleja y digna sociedad.

Y eso implica superar el odio y el resentimiento de los ambiciosos para que ocupe ese espacio la voluntad colectiva de quienes respetan a todos. Forjar un relato que herede el Perón del abrazo con Ricardo 
Balbín y no la violencia de los expulsados de la Plaza de Mayo.

Con los Kirchner se va la peor pesadilla de nuestra democracia. Ya cedieron al elegir a Scioli; claro que sólo una derrota del oficialismo nos daría una recuperación plena de la democracia.

No estamos discutiendo el rumbo, más a la derecha o más a la izquierda. Estamos discutiendo la vigencia de las instituciones, el Parlamento, la Justicia, la libertad, el respeto al adversario para superar la dialéctica del enemigo.

Todo eso no se logra con un oficialismo desteñido. Todo eso necesita y exige un cambio de gobierno. Votemos a un gobierno débil para lograr que el pueblo vuelva a ser el verdaderamente fuerte.