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La fórmula para llegar al corazón del pueblo

¿Quién hubiera podido imaginar en aquellos días de 2001, cuando el pueblo pedía que se vayan todos, que menos de una década después ese mismo pueblo saldría a llorar a un político? Alejandro Mareco.

31 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
La fórmula para llegar al corazón del pueblo

El pueblo tiene razones que muchos de los que viven de la razón no entienden. Por eso suele suceder que, de pronto, y muy de vez en cuando, sólo cuando hace falta o se necesita pronunciarse, las calles se llenan del sentido histórico que les da la gente que asume el desafío de mostrar a la luz su dolor, su gratitud, su esperanza y, sobre todo, su voluntad. En los días que siguieron a los festejos del Bicentenario, uno se preguntaba cómo era posible tanto asombro frente a los millones que se volcaron a las calles para tomar parte de la oportunidad de autoafirmación argentina que proponía la ocasión de ser contemporáneo a un momento tan especial. Quedaba claro que, mientras se habla en nombre de la gente, en general poco se conoce de su sentimiento, de su entidad y de lo que es capaz de pronunciar. Quizá tenga que ver con que el discurso de tantos que tienen tribuna de distinta consistencia tenga pretensiones de ser el de la gente. Para pretender representarla, primero hay que ser parte de la gente y no subestimarla; mucho menos sentir que es la serpiente que se rinde a una supuesta capacidad de encanto. La muerte de Néstor Kirchner dejó muchas cosas al desnudo. La más impresionante es la gigantesca adhesión popular hacia su figura, demostrada en un incesante desfile de una multitud que estaba dolida, pero no derrotada; todo lo contrario: acaso tan importante como manifestar la gratitud al ex presidente fue dejar plantado el apoyo a su esposa, la Presidenta. No sabíamos que podía ser tan intensa. En las horas que siguieron a la muerte de Kirchner, además de una enorme parte del país conmovido hasta soltar ríos de lágrimas, el asombro por la reacción popular desplegó estupefacción. No era un episodio más, era uno de esos señalados por la profundidad de la historia. Inesperado. Acaso el gran consuelo que tendrá luego Cristina Fernández es haber sido testigo de que la lucha de su esposo concluía cobijada por el corazón de una enorme multitud, que no cobijaba así a un político desde la muerte de Evita y, luego, de Perón. Esas cosas no las consiguen los pusilánimes. Esto se ha dicho bastante en estos días, pero es el gran diamante que bruñieron las lágrimas: ¿quién hubiera podido imaginar en aquellos días de 2001, cuando el pueblo pedía que se vayan todos, menos de una década después ese mismo pueblo saliera a llorar a un político? El episodio, aunque extraordinario, demuestra una vez más que no es tan complicada la fórmula para llegar al corazón del pueblo: hay que salir a defender sus intereses. Pero esto, que parece tan sencillo, no es tan frecuente. Por eso sucede cada varias décadas.