La fabulosa receta de la impunidad
Las diferencias entre los criterios de veracidad de la psicología y de la Justicia ante el relato de las víctimas de agresión sexual.
Sea cual sea el pensamiento de alguien, hay que reconocer que para que seis personas coincidan en cometer un acto atroz a plena luz del día, rodeadas de testigos, han de saber que gozan de cierta impunidad.
Si no fuera así, al menos a uno de ellos se le hubiera ocurrido decir: “Che, algo de esto no me cierra”.
Ciertas injusticias no son una falla del sistema, sino un constructo social.
Que una sobreviviente de abuso no sepa contar claramente qué pasó, no pueda articular su relato o cambie la narrativa de lo ocurrido 50 veces es, para un psicólogo clínico (entrenado) garantía de que lo que ella comenta sí pasó. Para un abogado o un juez, es motivo de duda razonable.
Va de nuevo: el olvido o las fallas en el relato son (o deberían ser) vistos desde la psicología como evidencia de la veracidad de lo que la sobreviviente comenta.
El olvido o las fallas en el relato son vistos desde la perspectiva legal como testimonio cuestionable.
No sé si se entiende el porqué de la impunidad.
A eso hay que sumarle el factor que los agresores mejor dominan: el miedo. O, mejor dicho, las conductas que son gatilladas por la experiencia del miedo.
Por lo general, el miedo motiva comportamientos de tres clases: lucha, huida o paralización. Esta última puede adquirir en los humanos la forma de sometimiento.
Para que quede claro: supongamos que yo conozco a una chica y salimos a tomar algo. Apenas nos estamos conociendo. Yo la invito a ir a mi casa y –pasada de copas– ella acepta.
Una vez en mi hogar, la invito a ir a la habitación. A ella ya se le pasó el efecto etílico y comienza a tener otra idea acerca de lo que quiere. Cambió de opinión. Ya no quiere estar ahí.
En teoría, no debería haber problema. Ella debería poder decirme “no, quiero irme a mi casa” y, en un escenario óptimo, debería concluir ahí la noche. Como pasaría si, en vez de una chica, fuera un amigo quien está conmigo y me dice “se me hizo tarde y me quiero ir”.
Pero no. Ella dice que prefiere no ir a la habitación. Yo refunfuño. Insisto. Le pregunto “¿para qué viniste?”, evidentemente fastidiado.
Al percibir mi irritación, en ella se gatilla un circuito de supervivencia tan primitivo como la evolución misma. Cientos de miles de variables son procesadas a una velocidad que ni el mejor ordenador del mundo podría realizar cálculos comparables en ese tiempo.
Sin que ella se percate, en algún rincón de su mente se contemplan algunas opciones: “no lo conozco”; “no sé si es violento”; “si vuelvo a decir que no, ¿qué me hará?”; “¿qué opción me permite salir de aquí más rápido?”; “¿qué opción garantiza mi supervivencia?”; “¿qué opción elimina más chances de ser lastimada?”; “¿en qué me vuelvo a mi casa?”; “¿dónde estoy?”; “¿hay armas en la casa?”; “¿Alguien sabe dónde estoy?”
La opción de luchar se anula. Soy mucho más grande que ella, es mi casa y ella no sabe si estoy armado.
La opción de huir se anula por los mismos motivos. Sólo queda paralizarse. Someterse. Decir que sí y que todo termine lo antes posible.
Hubiera sido diferente el caso si cuando ella dijo “no”, yo hubiera contestado “ok, te llevo a tu casa”. Pero no. Le di miedo.
Y frente al miedo, ella tiene que hacer algo que preferiría no hacer.
¿En el relato? Ella no se defendió (no podía). No huyó (no podía). Dijo sí. Para un abogado defensor, para un juez, hubo consentimiento. Desde el punto de vista particular, hubo coerción.
Impunidad nuevamente. La amnesia traumática, los agresores la conocen. El miedo, los agresores lo conocen. La vergüenza que hace que una sobreviviente prefiera no hablar, los agresores lo conocen. La culpabilización social de la víctima, los agresores la conocen. El “no te metás” argentino, los agresores lo conocen.
Juntamos todos esos elementos y tenemos una fabulosa receta para la impunidad que cocinamos entre todos.
No, es no.
* Psicólogo

