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La etapa de los derechos humanos

Cuesta creer que algunos de los que aspiran a gobernar esta sociedad sostengan que “hay que cerrar la etapa de los derechos humanos”.

21 de diciembre de 2014 a las 12:01 a. m.
La etapa de los derechos humanos

Hace apenas 31 años que concluyó la más sangrienta de las dictaduras que asoló estas tierras –una de las más feroces de la memoria de la humanidad– y que dejó un rastro de sangre y dolor infinitos. Toda la violencia vivida antes, cada generación con su tragedia, empalideció frente a la entronización de un Estado terrorista (mucho peor que terrorismo de Estado, y más aún que terrorismo a secas).

Hoy, frente a los ojos del mundo y sobre 
todo frente a los nuestros, podemos mostrar que hemos sido capaces de aventar los fantasmas que nos tomaron del cuello durante tanto tiempo, que nos estrangularon de miedo y 
silencio.

Pudimos hacer que el sentido y el sentimiento de justicia se impongan sobre cualquier otra motivación. Hasta mandar a la cárcel a muchos de los culpables; hasta recuperar a muchos de los nietos robados, hasta reparar en algo tanto quebranto.

No fue sencillo. El Juicio a las Juntas Militares de la dictadura, impulsado por el gobierno de Raúl Alfonsín, en 1985, pareció indicar que el camino se abría a poco de andar la democracia.

Pero no fue así: las reacciones militares en las Pascuas de 1987 parieron los conceptos de obediencia debida y punto final, que asumieron fuerza de ley. Luego, los indultos que otorgó Carlos Menem para los principales comandantes vinieron a señalar que la impunidad se había consumado.

El gesto de Néstor Kirchner el 24 de marzo de 2004, cuando mandó al jefe del Ejército de entonces a descolgar los cuadros de Jorge Videla y Reynaldo Bignone de las paredes del Colegio Militar, marcó una clara voluntad del conmover el estado de las cosas.

Con los años, se ha cuestionado aquel episodio como una sobreactuación, pero sin lugar a duda indicó que ya no sería tolerado que las fuerzas armadas desafiaran o resistieran las decisiones del poder político conferido por la sociedad democrática.

El gesto era para los militares, pero acaso también para los sectores que se enancaron en ellos para convertir al país en un campo de provecho exclusivo, incluida la gente.

Entre los que alentaron y contribuyeron a imaginar la sangría para imponer sus proyectos económicos, están muchos de los responsables que no han rendido cuentas. Y no sólo se trata de desalentar a los militares a usar la fuerza y la violencia contra las instituciones y el propio pueblo, sino también a aquellos que no titubean en usar los peores métodos para conservar o agigantar sus privilegios.

El reciente hallazgo de restos presumiblemente de personas asesinadas desaparecidas en el campo La Perla, realizado por el Equipo Argentino de Antropología Forense, vino a decir que estamos lejos de dar por terminada la tarea, pues aún quedan muchas heridas abiertas y mucho por hacer. El pacto de silencio sigue, pero no todo lo oculto acaso sea para siempre.

Hay algunas historias, como las que padecimos los argentinos, que fueron guardadas bajo la alfombra, o sobre las que no se quiere revolver por temor a lo que salga a la luz, para mantener lo oscuro en la oscuridad. Es una de nuestras hazañas como pueblo, hasta nuestro legado a los hombres de buena voluntad.

Por eso, cuesta creer que algunos de los que aspiran a gobernar esta sociedad sostengan que “hay que cerrar la etapa de los derechos humanos”, como dijo Sergio Massa, o se refieran a la cuestión como “el curro de los derechos humanos”, como dijo Mauricio Macri.

El olvido siempre acecha a la vuelta de la esquina, a veces dispuesto a dar un zarpazo para volver las cosas al orden de la prepotencia de la fuerza.