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La esquina

“La esquina del infinito”, reza un sugestivo grafiti surrealista pintado en una casa de chapas de la localidad de Ingeniero White. Ángel Stival.

31 de octubre de 2010 a las 12:02 a. m.
Ángel Stival (Periodista, [email protected])
La esquina

En una preciosa Introducción a Walter Benjamin (1892-1940), Hannah Arendt incursiona en una dificultosa distinción entre metáfora y alegoría. "Una metáfora –dice– establece una conexión que se percibe sensualmente en su inmediatez y no requiere una interpretación; una alegoría procede siempre de una noción abstracta y luego inventa algo palpable para representarlo". Si el poeta escribe "un horizonte de perros", uno imagina de inmediato la presencia lejana de una multitud de canes. Es una metáfora. Aunque simple e ingenua, la representación de la muerte por un esqueleto exige una explicación para hacerse significativa.No es fácil, sin embargo, encasillar el grafiti "La esquina del infinito", pintado en una típica casa de chapas de Ingeniero White, tan típica que, si bien se han perdido muchas, otras se están revalorizando, como expresión de una conciencia turística omnipresente en to-do el sur argentino y que en Córdoba todavía es larval.Se nos ocurre pensar en una alegoría que simbolizaría el encuentro de los amplios espacios pampeanos con la inmensidad del mar en la portuaria ciudad de Bahía Blanca.Es probable, sin embargo, que para entenderla sea necesario recurrir al surrealismo de André Bretón o a la prosa de Jack Kerouac.O, simplemente, pasear por el sur argentino, donde la esquina del infinito puede simbolizar a las ballenas francas que hacen piruetas cerca de un gomón en la península de Valdés; o a los cormoranes volando en torno de lobos marinos en Puerto San Julián; o a Ushuaia, esquina Punta Arenas, territorios extensos y ambiguos, donde Argentina y Chile entrecruzan sus ovejas y sus estancias.Los cruces podrían seguir, pero ninguno es mejor para cerrar la serie que el glaciar Perito Moreno ofrendando sus maravillas en un día luminoso de octubre, haciendo esquina con la muerte súbita de Néstor Kirchner, a pocos kilómetros de allí.En este caso, sin embargo, convendría reemplazar a Kerouac y a Bretón por Jorge Luis Borges e imaginar al ex presidente como un compadrito, apoyado para siempre en el farol de alguna esquina de la eternidad.