La escuela que está sola
La escuela sola. ¿De qué soledad? La que deviene de la extrañeza de su misión en la sociedad, de la ajenidad que siente de su centralidad formativa. Alejandra Lazzarini.
Llevamos tiempos de políticas que han ido rompiendo y quebrando con creciente impacto la trama social y las necesarias articulaciones interinstitucionales, los vasos comunicantes de los sentidos simbólicos que constituyen la verdadera red de una sociedad.
Tiempo de rupturas, de rebeliones silenciadas que siempre confirman al que divide, de deslegitimidades construidas con ductilidad política y promiscuidad moral, nos han llevado a vivir en un espacio social altamente fragmentado, de liquidez valorativa, de instituciones desdibujadas. Me animo a decir que es la escuela una de las pocas instituciones que todavía queda en pie (por lo menos, si seguimos pensando en los elementos que distinguieron y caracterizaron tradicionalmente a la institución).Sin dejar de pensar que es necesario un trabajo y esfuerzo intelectual por conceptualizarlas nuevamente, la escuela reconoce esos elementos distintivos tradicionales y, en un recorte físico-edilicio y en un contexto de espacio y tiempo, sigue asumiendo en sí misma el traspaso generacional de un bagaje cultural del que mucho podemos decir, criticar e incluso someter a intensos y profundos debates.No me voy a detener en el "adentro" de la escuela –aunque necesariamente su contenido es también su sentido de trascendencia–; voy a intentar visualizarla en medio de la sociedad de la que es reflejo, a la vez que necesita seguir defendiendo su valor épico y ético de contracultura, de transformación y de alteración.La escuela sola. ¿De qué soledad? La que deviene de la extrañeza de su misión en la sociedad, de la ajenidad que siente de su propia centralidad formativa, cuando la embisten los contenidos del mercado, las pautas del consumo, las elocuentes lógicas de las tecnologías y las comunicaciones.
De la extrañeza de su propia naturaleza como espacio público donde se ejercita la vida con otros, el civismo, la construcción social del conocimiento y el uso del conocimiento como posibilidad social de inclusión, superación y mejora.Cuando percibe que esa naturalización debe convertirse en una construcción y asumir el esfuerzo de enfrentar el individualismo feroz y la despolitización en términos de anulación de la conciencia social y sus efectos.Considero que la escuela no está sola por propia elección. Sin embargo, puede decidir quedarse sola o puede asumir la compleja tarea de construir puentes para rearmar y resignificar la trama social.Si sigue sola –en el sentido planteado, perpleja y ensimismada– seguirá siendo parte del fragmento cuando la realidad demanda miradas, interpretaciones e intervenciones que estén sustentadas en su complejidad, por inaccesible que ésta parezca y aparezca ante nuestros ojos.En el interior de la escuela, la realidad manifiesta esa complejidad traducida en los alumnos, en las familias, en las necesidades que se generan, en la formación de los docentes, en la preocupación por los contenidos y las transferencias. Irrumpe sin disimulos, golpea con sus preguntas, desata las impotencias de quienes las habitamos y estamos obligados a hacer algo.Salir de ese efecto de "golpe", de "irrupción" al adentro y darnos el tiempo de pensar y especialmente de crear estrategias que nos pongan en relación con otros (profesionales, grupos, organizaciones no gubernamentales, instituciones, programas, etcétera) para accionar en un sentido constructivo, para ayudarnos en la elaboración de respuestas y en el ensayo de soluciones.Que la escuela no esté sola es una tarea política o bien es la tarea política de la educación.

