Temas del día:

La deuda, esa vieja pesadilla

Cuando regresó la democracia, hace ya casi 30 años, la deuda nos colgaba del cuello como una piedra.

01 de septiembre de 2013 a las 01:11 p. m.
La deuda, esa vieja pesadilla

No es tan sencillo sepultar el pasado ni dejar atrás los viejos miedos. La deuda externa, esa que nos encadenó los pies y las alas durante tanto tiempo, parecía hasta hace algunos días un asunto de nuestro demacrado ayer. Pero no, el fallo de la Cámara de Apelaciones de Nueva York, que consintió a los reclamos de los “buitres”, de alguna manera nos puso otra vez a las sombras de un destino sin destino. Eso era lo que teníamos desde los finales del 1900 hasta cuando cruzamos la frontera de un siglo a otro. Antes de que todo estallara, navegábamos en un limbo terrenal que se volvía cada vez más angustioso. Hubo un presidente de la Nación que en un acto del Día de la Independencia se lamentó, impotente, de todo lo perdido, así nomás, sin más, y hasta alguna vez contaron algunos de sus allegados que, abrumado por la crisis y por su propia debilidad de instinto, en cierta ocasión dijo algo así: “Qué ganas tengo de irme de este país”. Lo sentía y lo pensaba un presidente; qué podían sentir y pensar los habitantes rasos. Pues, por esos rigores anduvimos. Esa era la Argentina que teníamos, a la que habíamos llegado al cabo de una experiencia neoliberal que había dado una gran batalla marketinera por imponer algunos conceptos tales como “achicar el Estado es agrandar la Nación”. Volvamos a decirlo: la sangrienta dictadura que asesinó, torturó, secuestró, encarceló a decenas de miles de argentinos, lo hizo en complicidad con sectores civiles muy interesados en pagar sueldos de hambre y que cualquier protesta fuese amordazada, entre otras cosas. Una de esas otras cosas fue la deuda externa: la prueba más concreta del proceso antinación que encabezaron los militares con sus aliados civiles es que, cuando dejaron el poder, nos endilgaron una deuda gigantesca, lo suficiente como para conminarnos a no crecer, mientras que, de paso, se había devastado a la pequeña y mediana industria nacional. Esa deuda nacional, además, al final de la dictadura había sido abultada con la deuda privada que estatizó el entonces presidente del Banco Central, Domingo Cavallo. Es decir, algunos empresarios que habían alentado el régimen y que se habían beneficiado de sus maneras sangrientas, en la última estampida nos socializaban sus deudas. Sí, es increíble que en esos tiempos se hablara de patriotismo. Cuando regresó la democracia, hace ya casi 30 años, además de venir de la derrota de la Guerra de Malvinas, la deuda nos colgaba del cuello como una piedra. Pagamos, pedimos más préstamos para pagar y nos entregamos a los consejos del Fondo Monetario Internacional para terminar de hundirnos. Cuando no se pudo más, cuando la crisis nos restregó con arena el paladar, hubo un presidente fugaz que declaró el default . La impresión de nuestra miseria fue grande y acaso contó con ella Néstor Kirchner cuando salió a negociar la deuda con los acreedores. Algunos quizá pensábamos que había que separar la deuda lícita de la ilícita, pero el entonces presidente creyó que era más urgente quitarse al FMI de encima y poner al país en los carriles del mundo. Mientras esperamos que la Corte de Justicia de Estados Unidos tome el caso, se han dispuesto un par de medidas, como abrir otra vez el canje de deuda para los que quedaron afuera y reemplazar los bonos anteriores por otros en los que se determinaría que el pago se hará aquí, para evitar embargos. Es amplio el abanico de quienes han apoyado estas medidas. Es que el fantasma es demasiado grande como para que nos encuentre tan desunidos.