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La construcción del porvenir

La escuela no es sólo una oportunidad para los niños y los jóvenes, también una que la sociedad se da a sí misma.

10 de abril de 2016 a las 12:01 a. m.
La construcción del porvenir

A hora que el otoño regresa a buscar el rastro de los abrigos, la vida de las aulas y de la ciudad que guía los pasos hacia ellas afirma su marcha a lo profundo de una rutina que parece diluirse en lo anodino de los días, pero que no es otra cosa que la lenta construcción del porvenir y de la necesaria esperanza para andarlo. La escuela es la institución por la que la sociedad toma a los chicos de cada casa e intenta sumarlos al proyecto común. Es la sociedad misma tomando parte en el destino de sus hijos y la que les informará del sentido de pertenencia e intentará que las herramientas del conocimiento ensanchen el horizonte del conjunto. Es lo que se supone. Pero las cosas casi siempre no son las ideales, y menos en un país rasgado por los barquinazos de la historia, por las mareas y contramareas que nos han hecho dar pasos hacia adelante y pasos hacia atrás, algunas veces demasiados. La escuela pública, cuando hace más de un siglo se hizo obligatoria la educación primaria, ha cumplido un rol constructivo de una nación, al acercarles la lengua y los símbolos de pertenencia a las multitudes de hijos de inmigrantes que sacudieron la demografía y la identidad en ciernes. Fue clave para hacer congeniar en un mismo rumbo a la gran torre de Babel en la que nos habíamos convertido. Claro que la escuela ha sido cuestionada también por ser parte de la estrategia de un proyecto de país que muchas veces ha impuesto, hasta incluso con la fuerza, una manera de ver las cosas (la historia, los valores, el presente) y de entender la educación. Pero en el desarrollo social argentino, la escuela, sobre todo la pública, significó durante muchos años una puerta abierta a la oportunidad de progreso personal y colectivo. En algún momento del siglo 20, Argentina fue todo un faro latinoamericano de la movilidad social. Y la institución escolar hizo en ese sentido un aporte decisivo. Las herramientas del conocimiento distribuidas hicieron posible que generaciones tuvieran la oportunidad de dar un salto cualitativo. La escuela no es sólo una oportunidad para los niños y los jóvenes, también una que la sociedad se da a sí misma. Por eso, no sólo hay que sostener estrategias de inclusión, sino incluso ampliarlas, sobre todo en estos tiempos en los que el acceso a la tecnología es decisivo. Esos chicos que cada mañana trepan a los colectivos en uniforme o con guardapolvos, o a veces sin que nada los identifique, que atraviesan senderos a pie o en bicicleta aun en los rincones más despojados, son el nuevo país en marcha. Mientras se atraviesan la infancia y la adolescencia, quedan huellas que guían para siempre nuestra percepción del mundo; los latidos, olores, colores, sabores, sonidos, sensaciones de esos días son acaso la patria más definitiva. Y en esas sensaciones estamos los mayores, nuestra manera de entender la historia y el presente, que no es otra cosa que la manera de trazar el futuro. Es decir, somos la patria viva de estos chicos. Y ese es un dato que conviene no extraviar.