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La conciencia de Alí, brava como sus puños

Fue tan fuera de lo común que aún se lo considera el mejor de todos los que pasaron por todos los rings del mundo. De eso hablaron todas las crónicas que siguieron a su muerte.

12 de junio de 2016 a las 12:01 a. m.
La conciencia de Alí, brava como sus puños

En la larga marcha de las décadas, de vez en cuando florecen hombres y mujeres que desde la conciencia de sí mismos, de su pertenencia y de su tiempo, hacen sentir que la humanidad es un asunto común y que es posible plantarse en medio de la poderosa corriente para intentar cambiar el rumbo que nos arrastra. O al menos dejar establecido un obstáculo. Muhammad Alí fue un tipo único, extraordinario como boxeador. Fue tan fuera de lo común que aún se lo considera el mejor de todos los que pasaron por todos los rings del mundo. De eso hablaron todas las crónicas que siguieron a su muerte. Pero más curioso es que el hecho de señalar eso no baste para trazar la dimensión de su presencia, la magnitud que irradiaba su figura ejerciendo la vida entre la gente. Nació en un hogar sencillo de negros y a los 18 años llegó como un héroe a su pueblo Louisville, por haber ganado una medalla en los Juegos Olímpicos de Roma 1960. Pero unas semanas después, cuando quiso sentarse a tomar algo en un bar de blancos, entendió que había inequidades mucho más pesadas que el glamour de ser la celebridad del momento. A los 22, ya era campeón del mundo, mientras se convertía al islam, cambiaba su nombre (“Cassius Clay es el nombre de un esclavo; no lo elegí”) y tomaba parte de la lucha por los derechos civiles de los negros. No sólo usaba su filosa manera de hablar para enardecer rivales, sino también para reclamar un mundo mejor y más justo. Hasta que la espada lo puso contra la pared: fue convocado a sumarse a las filas que guerreaban en Vietnam. Se negó a obedecer, aduciendo razones de conciencia. “No tengo nada contra los vietcong , porque ninguno de ellos me ha llamado nigger (negro, despectivamente)”. La frase fue alcohol en la herida del sistema, y la reacción lo despojó del título y lo sacó del boxeo durante cuatro años (lo cual lo hizo perder millones de dólares). Después volvió y fue otra vez campeón, en una épica batalla. Luego, el Alzheimer terminó por doblegarlo y acaso hizo que, ya débil en sus arrestos, llevara el fuego de los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, justo él, que había devuelto las medallas que ganó. Fue un hijo de un tiempo luminoso, pero suya fue la elección de sostener la bandera de su pertenencia más allá de lo individual. La conciencia de Muhammad Alí fue tan brava como sus puños.