Italia, un país sin futuro político
Silvio Berlusconi, acorralado por una corrupción sin freno, sin más ideas que la de salvar su pellejo judicial y abandonado por su delfín-tiburón, se ha quedado solo al frente de un partido de plástico. Miguel Mora.
La situación es grave pero no seria. El adagio de Ennio Flaiano sigue definiendo el deprimente panorama político italiano.
El país se dirige otra vez hacia el caos tras tirar a la basura en dos años y cuatro meses de gobierno el deseo de estabilidad de los electores italianos que eligieron en 2008 la mayoría más cómoda de la historia republicana.
Silvio Berlusconi, acorralado por una corrupción sin freno, sin más ideas que la de salvar su pellejo judicial y abandonado por su delfín-tiburón, se encuentra en un contexto en el que se ha quedado solo al frente de un partido de plástico, un feudo de fieles secretarios donde medran amigotes, súbditos, empleados y jefes de clanes más o menos legales.
El Pueblo de la Libertad, o Partido del Amor, como lo llamaron, sigue apareciendo como lo que siempre ha sido: un antipartido, un comité de negocios y una mera fábrica de leyes ad personam que piensa y actúa a mayor gloria del padrone .
Por eso, cuando suena la hora de hacer política de verdad o de responsabilizarse realmente del país, el tenderete se resquebraja.
La única receta que conoce el populismo a la italiana es optimismo y elecciones. Y cuando la cosa se tuerce, recurrir al pueblo.
La esperanza es siempre el Gran Hermano: tres meses de televisión, llenos de chistes y propaganda unificada para arrasar a los que no tienen televisión ni sentido del espectáculo. Y, entonces, a ganar otra vez. Si en el camino se hunde el país en la deriva griega, culpa de los otros
La aventura solitaria de Gianfranco Fini (el ex aliado de Silvio Berlusconi) corre de esa forma el grave riesgo de acabar en brindis al sol o algo peor.
Para desactivarlo, Berlusconi buscará las elecciones anticipadas en cuanto pueda, y la Liga Norte las abrazará sin dudarlo: al fin y al cabo es el único partido serio, y el creciente descrédito de Berlusconi entre sus bases le supondrá una avalancha de votos.
Fini, menos valiente que oportunista, y la desaparecida izquierda, capaz de cualquier aberración con tal de no verse obligada a ganar unas elecciones y, aun peor, a tener que gobernar, completan el erial de un país sin futuro político.
Lo que queda. Berlusconi tiene 73 años y varios procesos pendientes que le impiden dejar el poder so pena de perder la inmunidad.
Fini lleva 16 años a la sombra del magnate, y si se ha convertido en referente de la legalidad y el respeto a las instituciones es gracias a la desoladora inacción del Partido Democrático, incapaz de convertirse en alternativa al "berlusconismo" dada la complicidad de sus viejos jerarcas con la casta política y sus irrecuperables vicios y complejos ex comunistas y católicos.
Para que la nueva batalla no sea entre un centroderecha europeo, honesto y respetuoso con la separación de poderes, y una derecha corrupta, xenófoba y aliada de Dios y del Diablo, la izquierda debería dejar de ejercer de palmera cuanto antes.
Pero hacerlo implicaría casi una imposibilidad metafísica: que sus dirigentes se hagan el harakiri político y abran campo a una nueva generación.
Si lo hacen, el candidato capaz de vencer al "Cavaliere" Berlusconi existe. Se llama Nichi Vendola, gobernador de Apulia.

