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Italia, espejo político de la Argentina

La quiebra de las grandes coaliciones y la fragmentación se compensan en Italia, en parte por la convergencia entre partidos de distintas tradiciones. Julio César Moreno.

07 de agosto de 2010 a las 12:01 a. m.
Julio César Moreno (Periodista)
Italia, espejo político de la Argentina

Italia, ese “eterno laboratorio político”, acaba de alumbrar otro experimento: el resquebrajamiento de las grandes coaliciones políticas, que no se ve reemplazado por el retorno a un sistema de partidos sólido y estable, como el pentapartito que gobernó la República desde la posguerra hasta el fin de la guerra fría (1948-1990).

Ese sistema fue reemplazado por una configuración anómala e inestable, en la que se borran cada tanto las fronteras entre partidos y alianzas o entre mayorías y minorías parlamentarias.

Alguien podría pensar –y no se equivoca– en las semejanzas entre las situaciones políticas italiana y argentina, ya que también en nuestro país se vive desde hace años una situación de fragmentación política. El “componente italiano” de la política argentina, que viene desde los tiempos del primer peronismo, se ha vuelto a poner de manifiesto, aunque en otro contexto y otro “clima de época”.

Una era que finaliza. Pero, volviendo a Italia, la "era de las coaliciones", sobre la que tanto se había teorizado en las dos décadas pasadas, parece llegar a su fin. La coalición populista de derecha liderada por el primer ministro Silvio Berlusconi, denominada Partido de la Libertad (PDL), sufrió la deserción de su principal aliado, Gianfranco Fini, quien a su vez es el presidente de la Cámara de Diputados y ya formó un grupo parlamentario disidente, aunque sin romper de manera formal con el PDL.

La ruptura se produjo porque los “finianos”, junto a otros dos partidos de origen católico, se abstuvieron en la reciente votación de confianza en la Cámara, que había pedido la oposición de centroizquierda contra el subsecretario de Justicia, Giacomo Caliendo, acusado de dirigir una red secreta para influenciar en los nombramientos de políticos y en la Justicia.

Como puede verse, en Italia se cuecen habas muy parecidas a las que se hierven en la Argentina.

Redes secretas, asociaciones ilícitas, escuchas telefónicas, tráfico de influencias, casos de corrupción y enriquecimiento ilegal de funcionarios, legisladores y hasta ex presidentes forman parte –aunque sea una redundancia decirlo– de la trama de la política moderna.

En ésta, a la caída de los “grandes relatos”, o sea de ideologías o corrientes de pensamiento y acción como el liberalismo, el socialismo, el comunismo o el fascismo, le ha sucedido un estado de lucha de “todos contra todos”, como lo describiera en forma profética Thomas Hobbes.

Temas como la pobreza, las desigualdades sociales, el narcotráfico, la nueva violencia urbana, el fundamentalismo religioso o los choques de civilizaciones están en la agenda de los gobiernos y partidos, aunque todos reivindiquen sus respectivas tradiciones y visiones del mundo.

Desde el Atlántico al Pacífico, puede haber líneas convergentes. Los presidentes de Uruguay y Chile, José Mujica y Sebastián Piñera, respectivamente, uno venido de los Tupamaros y el otro del pinochetismo, pueden sentarse a debatir ideas y propuestas e incluso coincidir en una línea de acción común. Esas líneas pueden ser alteradas simbólicamente por el vociferante Berlusconi o por Hugo Chávez (el “loro tropical”, como lo denomina Carlos Fuentes), pero la realidad sigue su curso.

No hay un “socialismo” o un “fascismo” del siglo 21, aunque el pasado se cuele por miles de ventanas, con los mismos símbolos, los mismos gestos o las mismas palabras.