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Insensato corazón

El corazón, según una vieja demanda, debe ser inteligente: es posible que lo que se siente lo pierda a uno, pero uno nunca está perdido si es que siente. Alejandro Mareco.

24 de julio de 2011 a las 12:01 a. m.
Insensato corazón

¿ Q uién le pediría sensatez al corazón? Es, justamente el órgano al que los propios latidos e incluso la historia de la humanidad (sus pensamientos, desde que existe) han retratado como una bomba de sangre que empuja y empuja el caudal de nuestros ríos interiores, nuestros ríos de pasión, nuestro más profundo instinto, capaz de reconocer la diferencia entre el bien y el mal, entre el amor y el dolor, sin tener que pensar; o sea, sin dudar, un solo instante. Igual, el corazón, según una vieja demanda, debe ser inteligente: es posible que lo que se siente lo pierda a uno, pero uno nunca está perdido si es que siente. Es que, si fuera por los impulsos rojos y desnudos del corazón, esta tierra sería sólo un mundo de sedientos de felicidad, dispuestos, incluso, a beber la sangre de los otros corazones rojos para que el sol nos dé en la cara. Pero a veces pasa que hay un sol tan extraordinario (como el que brilla este sábado de finales de julio), que si no nos da en la cara es porque no queremos dársela. Y si no le damos la cara al sol, se la damos a la pantalla, a la pantallita. Bien, si en este jodido lugar llamado mundo (y hagámonos cargo de esta parte del mundo llamada sur), los impulsos rojos y desnudos con los que buscamos un poco más de la sabiduría de la vida nunca nos alcanzan para explicarnos a cada uno de nosotros mismos y a nuestras historias pequeñas (como que son de un momento, de una generación, y no importa si nos llamamos Hemingway). Entonces: vamos a los días, los de entre luz y oscuridad que nos da la oportunidad de estar, de existir. Y entonces pasa, por ejemplo, que nosotros los argentinos (más bien, las instituciones de fútbol profesional, de alguna manera todos) somos los organizadores y los que ponemos los escenarios de esa confluencia deportiva llamada Copa América, que termina hoy. La programación de los horarios de la disputa de la Copa América en el frío invierno argentino estuvo condicionada por un gran mercado (como está condicionado todo en este mundo, hecho sólo para aquellos que están en condiciones de comprar): el de la televisión brasileña. La telenovela Insensato corazón , dado la abrumadora multitud de telespectadores brasileños (que se estima en 60 millones, es decir, una vez y media la población argentina), impuso su orden incluso al futbol, en acaso el país más futbolero del mundo. Pero sería un error creer que los brasileños son sólo románticos empedernidos (que lo son, y así lo reflejan su música y su cultura). Si hay una necesidad que tienen los brasileños es la de la cohesión nacional. Se trata del heredero del viejo imperio portugués y cualquier región podría aun hoy darse un destino por sí misma (Río de Janeiro es turismo, pero Minas Gerais es la piedra del mundo, por hablar sobre dos entre tantos otros estados fecundos). En Brasil, cuando su selección de fútbol es campeona, debe pasearse por la mayoría de las ciudades importantes. Y una buena telenovela (por lo general con producciones pretenciosas y no burdas y “dale que va”, como las cosas de nuestro Tinelli) es una herramienta de “brasilización”. Mientras tanto, cada día, nosotros miramos en el zócalo de las pantallas la temperatura de Buenos Aires. Vaya si nuestro corazón es insensato.