Individualismo, egotismo y amor
Hay una zona común entre egoísmo, como excesivo amor de sí mismo y de su propio interés, y egotismo, como prurito de hablar de sí mismo.
Hace unas tres décadas, uno podía discutir un asunto importante en un café. No se daba el caso de que sonara un ruidito en el pantalón del interlocutor y este interrumpiese la argumentación y pasase a otro tema (en su celular). Además, uno llamaba a su banco y resultaba sencillo dar con la persona solicitada. Ahora, puede que tenga que exponer el problema a una voz que atiende desde otra provincia. U otro país.Como siempre decimos: la contestación grabada ha convertido el egoísmo individual en egoísmo social. El acendrado médico en su auto se sirve de un contestador llamado de manos libres. De ese modo, puede acudir a los reclamos que considera de más urgencia.Sin embargo, en los hogares, también se utiliza este tipo de teléfono, pero para eludir algunos requerimientos. Supongamos que el sujeto escucha a la distancia: "Habla Marcela, del Instituto Esperanza, por la campaña de la frazada; si usted pudiera donar...", dicho insensible ejemplar humano permanece apoltronado y no contesta. En cambio, si oye: "Habla Marcella, la odalisca; yo te voy a enseñar de todo y...", entonces el sensitivo oyente se tira de cabeza hacia el aparato.Un comportamiento similar sucede en la vía pública, en los no lugares, en reparticiones y hasta en la familia. Por esta razón, desde hace décadas, aludiendo al referido desatino, se lo denomina con un eufemismo: individualismo.Este último término tiene acepciones distintas en sociología y en filosofía, donde su significación más radical puede ser hasta anarquismo. Psicológicamente, Francisco, duque de La Rochefoucauld (1613-1680), argumentó que las virtudes son variantes de egoísmo.Citemos dos ejemplos: la gratitud es como la buena fe de los comerciantes, que ayuda a mantener el comercio. Y la amistad más desprendida no es sino un negocio en el que el amor propio se promete ganancias.Ahora bien, semánticamente, hay una zona común entre egoísmo, como excesivo amor de sí mismo y de su propio interés, y egotismo, como prurito de hablar de sí mismo, o bien en el sentido de un sentimiento exagerado de la propia personalidad.Respecto de lo último, un egotista pensaba que si no hubiese nacido, la gente se preguntaría por qué, así que para su cumpleaños él llamaba a su madre para felicitarla. Otro, cuando leía un chiste y no lo entendía, deducía que se trataba de un error de imprenta. Y un tercero se sentía un desgraciado porque no se amaba a sí mismo tanto como se lo merecía.Si una mujer se casa con un egotista, tiene cierta ventaja: se casa con un individuo que siempre va a vivir enamorado. Pero, por la otra parte, subsiste un riesgo o desventaja, que ya explicó Zsa Zsa Gabor al referirse a su tercer marido: "Cuando nos casamos, los dos estábamos enamorados de él; pero al tiempo, yo dejé de quererlo".En fin, el tema que estamos planteando nos lleva a una conocida conclusión, el supremo principio: "Ama al prójimo como a ti mismo". Ello como consecuencia de que el amor propio siempre es fundamental para la normal relación de la pareja. Un inmaduro puede entregarse sin más a la otra parte, sin reparar en que siempre hay un fondo incomunicable; que siempre habrá secretos.Esta precaución, que no es poco común en nuestra sociedad, se hace visible en la conocida metáfora que hasta hoy tiene vigencia: un hombre, antes de regalar la llave de su corazón a una mujer, hace un duplicado. Y una mujer, después de regalar la llave de su corazón a un hombre, cambia la cerradura.*Periodista

