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¿Importa mucho saber escribir?

Para ser libre, es imprescindible mirar hacia adentro y buscar en el espíritu otra superficie inamovible que se solidifica en la vida interior.

10 de junio de 2013 a las 02:00 p. m.
Arnaldo Pérez Wat*
¿Importa mucho saber escribir?

Debe ser importante saber escribir, pues hay un Día del Escritor, 13 de junio. Oigamos, pues, algunas opiniones. Esto se lee perfectamente:

“Sgeun un estudio de una univenrsdiad inglesa, no ipmotra el orden en el que las ltears etsan ersciats, la uicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la ultima litera esetn escritas en la psiocion cocrrtea. El rsteo pueden estar ttaolmntee mal y aun podras leerlo sin pobrleams”. Se trata de un fgarmneto (perdón, de un fragmento) enviado por Víctor L. Pereyra, quien agrega: “Tnatos aoñs de colegio a la m. ¡La mrade que lo pairo¡”.

No obstante, afirmar que se ha ido a la escuela de primeras letras al cuete es a todas luces una estupidez. Pero, como vivimos en una época de decadencia cultural, como siempre repetimos, el transgresor vende más.

Alguien con seso que afirme que no es necesario estudiar ni educar y trate de explicarlo con cierta coherencia va a ser primera plana. El que hable, con cierta sabiduría, sobre la necesidad de educar o de hablar con corrección, con suerte va a lograr que su conferencia se anuncie en los medios gráficos.

Antes de la cibernética, el vocabulario de un peón común constaba de unas 800 palabras. Un estudiante de enseñanza media se manejaba con 1.500 o 2.000.

Ahora, si nos tomamos la molestia de detenernos a cierta distancia de un establecimiento secundario cuando salen los alumnos y escuchamos con mucha atención, nos parecerá que se mueven con las mismas 80 palabras. Y advertiremos que en esa pobreza se repiten “boludo/a” y “fornicado/a” (“fornicado” no existe, pues fornicar es intransitivo, pero con este participio obviamos el término que está en boca de “la Mole” Moli y que no atinamos a transcribir).

Mirar hacia adentro. Por otra parte, y en ese tren u orden de cosas, no va a tardar en salir (si no ha salido) un inquieto o astuto inventor con su teoría de que hasta hoy se ha torturado a los niños con el lenguaje (escrito y oral) en la escuela primaria. Y que ahora, en el tamaño de un celular, y gracias a la nanotecnología, el ciudadano tendrá oportunidad de recibir un curso de cualquier idioma en forma abreviada, prescindiendo de la máquina de escribir que desde su nacimiento tuvo un teclado con la ubicación de las letras bastante mala. Y que ahora, con signos en la pantallita, puede simbolizar desde el cornudo (una O con dos tildes arriba) hasta los genitales masculinos con una omega suscrita griega (se trata de una omega minúscula que se nota con una iota colgando).

No hay, empero, decadencia indefinida. Hoy, el joven transita por un círculo de ideas y sentimientos demasiado uniforme. Los lugares comunes reflejan un repertorio que se retroalimenta en esa escueta escritura convencional.

También el mundo con las abreviaturas y los eslóganes se mueve en una brillante superficie esférica de aparente libertad. Pero para ser libre es imprescindible mirar hacia adentro y buscar en el espíritu otra superficie 
inamovible que sólo se solidifica en la vida interior.

Debemos, entonces, ser optimistas integrándonos en nuestro entorno sin perder de vista el requerimiento del semejante, comunicándonos con él con signos de más valor, redescubriendo la belleza de nuestro idioma y la exactitud de sus palabras orales y escritas. Con esa tónica, podremos avanzar sobre las costumbres buenas y malas y sobre los prejuicios, para convertir este mundo moderno en un universo propio plasmado por una cultura de bien que asimile y transforme los cambios sin perder sus ideales.

*Periodista.