Iguales no es vivir igualados
La votación en la Cámara Alta pondrá a prueba la integridad de los senadores para votar a conciencia y no con los ojos en las encuestas. Norma Morandini.
Por detrás de la discusión legislativa en torno de la llamada ley del matrimonio entre personas del mismo sexo, subyace otro debate sobre el que vale la pena reflexionar: ¿cuál debe ser la responsabilidad de los legisladores? ¿El respeto a la Constitución o a la expresión de las mayorías en las encuestas?
En estos tiempos de crisis de representación y reformulación partidaria, existe un pacto no escrito de confianza e identificación con quienes se les delega la representación, en base a la identificación política, programática, ética o simplemente personal.
Se impone, entonces, definir antes las funciones del legislador para demandar un perfil de idoneidad acorde a la noble y nada sencilla tarea de sancionar las normas que luego van a organizar la vida en sociedad. O sea: la administración política del Estado, que en democracia determinan las mayorías, pero ponen a prueba las minorías. Los gobiernos son legitimados por las mayorías, pero son las minorías las que ponen a prueba la calidad de una democracia, los valores que la sustentan y el derecho de todas las personas a no ser discriminadas por etnia, género o religión.
Valores universales ampliamente consagrados por toda la normativa internacional sobre derechos humanos, a los que nuestra Constitución de 1994 se subordinó, lo que dio un impulso democratizador e igualitario jurídicamente a nuestra odiosa tradición autoritaria.
Los valores de igualdad y derechos no se definen por el número sino por la universalidad. De modo que nuestra Constitución debe ser para los legisladores el chaleco de fuerza dentro del cual moverse, para que la ley no sea un traje a medida de los gobernantes de turno en función de intereses grupales o sectoriales.
A casi tres décadas de la democratización, es hora de que anunciemos la libertad e igualdad que anida en la filosofía humanitaria: las personas portan derechos sólo por su condición humana. Desde el punto de vista ético, la dignidad humana es el fundamento de la tolerancia. ¿No es acaso el amor al prójimo, al otro, el que sustenta las ideas comunitarias, llámese el compañero de la política o el hermano de la religión? ¿No es por amor que las personas salen de la comodidad de sus vidas privadas para pedir por otros, le llamemos pueblo, gente o ciudadanos?
No imponer. Pero ser iguales ante la ley no significa que debemos imponerles a otros lo que vivimos o pensamos. Si en la invocación moderna de la dignidad está implícito el carácter sagrado de la vida, en su violación y humillación están todas las atrocidades que la humanidad fue capaz, ya que la discriminación expresó la concepción de superioridad de unos sobre otros.
Si no, que lo diga aquel que fue martirizado y escribió hace más de 100 años: “Detrás de la alegría y la risa, puede haber una naturaleza vulgar, dura e insensible. Pero detrás del sufrimiento, hay siempre sufrimiento. Al contrario que el placer, el dolor no lleva máscara”. Lo escribió Oscar Wilde desde la cárcel, donde fue encerrado por su homosexualidad. La carta se publicó 60 años después.
Y ese sufrimiento es el que deberíamos tener en cuenta, porque detrás de ese dolor están nuestros prejuicios, desprecios, burlas; la discriminación que se enseñorea sobre nuestra historia y la de la humanidad.
Sea cual fuere la forma como se exprese esa humanidad, todos somos herederos de esas atrocidades y crueldades de que los hombres fueron capaces cuando se sintieron superiores e impusieron castigos, ya que la violencia es consecuencia de la discriminación.
El que una minoría de argentinos solicite al Estado que les iguale jurídicamente los derechos al matrimonio; al cuidado del otro, sobre todo si está enfermo; a la herencia de los bienes que son comunes; a la libertad de tener una familia –aunque perturbe esa modificación social–, pone a prueba la tolerancia que conseguimos.
La votación en torno de la modificación del Código Civil para extender los derechos matrimoniales a las parejas del mismo sexo pondrá a prueba la integridad de los senadores para votar a conciencia y no con los ojos en las encuestas; el debate, igualmente, ya midió el avance de tolerancia. La discusión fue rica, plural y respetuosa. Las opiniones, en general de militantes, fueron respetuosas, salvo escasas y veladas amenazas de extorsión.
Vale, como reflexión final, recordar la frase de William Shakespeare: “Hereje no es el que arde en la hoguera, sino el que la enciende”.

