Identidad nacional
Sería preferible otorgar a los hijos identidad por una antigua vía, que es la transmisión oral, con relatos que apunten más a su memoria emocional. Enrique Orschanski.
La Convención sobre los Derechos del Niño de la Organización de Naciones Unidas incluye, entre sus puntos principales, el derecho a la nacionalidad. Es un derecho vinculado con la identidad, que trasciende el lugar de nacimiento, porque nacer en Argentina es una eventualidad, y ser argentino, una construcción.
Entre mayo y junio, transcurrieron importantes conmemoraciones históricas, fuertemente vinculadas con la nacionalidad. Pasó el homenaje a la Bandera y a su creador, luego la celebración del primer gobierno patrio, la fundación de Córdoba y, finalmente, la independencia argentina. ¿Advirtieron nuestros chicos el significado de tales celebraciones?
Se comprende su escaso interés por la historia ya que, de manera invariable, esta generación Z sólo conjuga en tiempo presente; no sienten curiosidad por el pasado ni les preocupa el futuro. Sin embargo, ese mismo presente les demanda una mínima adherencia a su cultura nacional, la pertenencia a un colectivo social que prevenga los efectos del individualismo y sus desencuentros.
Los más chicos siguen relacionando las fechas históricas con fiestas escolares en las que participan con rituales que no reconocen como propios. Esta realidad seguramente es diferente en zonas rurales (agrupadas o dispersas), donde muchos conservan tradiciones menos globales, más nacionales. Pero ellos representan apenas un 11 por ciento del total infantil, en un país predominantemente urbano.
Los adolescentes, expertos buceadores de identidad, rastrean lo nacional a su modo: algunos muestran indiferencia. Muchos otros, sin embargo, adhieren a ideales y proyectos que les otorgan identidad y a través de los cuales enarbolan rasgos nacionales. Con militancia, reconstruyen libertades individuales que los distinguen.
Este aprendizaje democrático les demanda confrontar con otros jóvenes como ellos, embanderados en diferentes propuestas y convicciones. Para convivir en el mismo espacio nacional, todos deben encontrarse en la diversidad. Así consiguen inclusión en un abanico multicolor, tan amplio como adolescente.
Un poeta catalán afirma que la nacionalidad es la infancia. Tal vez por eso, los chicos encuentran su raíz nacional en hábitos domésticos: flamean con más emoción la bandera de su equipo que la de la selección de su país. Para ellos, los próceres son una especie extinguida hace dos siglos, parte de una historia que no los representa. Alberdi es el nombre de un barrio y San Martín es peatonal; prefieren a sus abuelos como referentes históricos.
¿Cómo consolidamos, entonces, la identidad nacional infantil, cuyo derecho se demanda? ¿Reservando la emoción de cantar el Himno para cuando jueguen Los Pumas? ¿El orgullo por los colores patrios para los partidos de la selección de fútbol? ¿O esperando en la fila, frente a la embajada extranjera, para tramitar la doble nacionalidad?
Sería preferible otorgar a los hijos identidad por una antigua y eficaz vía, que es la transmisión oral, con relatos que apunten más a su memoria emocional. Susurros de argentinidad cotidiana, como la historia de inmigrantes contada por abuelos. También sirven una escarapela prendida orgullosamente en el pecho del padre, hablar de los pueblos originarios, invisibles detrás del olvido, y hasta la historia del “señor de la estatua”, contada por la madre, cualquier domingo en la plaza.
No se trata de activar un nacionalismo ramplón, de fetiches y símbolos vacíos, sino de preguntarnos (y de intentar responder con sinceridad) si algunos de los problemas del desencuentro nacional no se originan en la falta de una identidad que nos acerque. Para que los chicos comprendan que sus raíces llegan más profundo que el simple hecho de haber nacido acá.

