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Hojas en blanco

No todos los chicos comprenden la palabra “espera”. ¿Cómo transmitirles un disfrute que requiere de paciencia, incluso por varios días?

17 de julio de 2022 a las 12:01 a. m.
Hojas en blanco
Carta. Escrito. Imagen Ilustrativa.

Extiendo la hoja; encontré el momento para escribir.

Un papel en blanco es un panfleto de la imaginación; sin botones, sin bluetooth; sólo requiere tiempo e ideas.

Pienso y luego escribo en el margen derecho: “Córdoba, domingo 17 de julio de 2022″.

El encabezado es todo un testimonio de ubicación en tiempo y espacio; una evaluación neurológica recomendable para aquellos que sólo confirman fecha y hora mirando pantallas.

“Querido Javier”. Es un amigo de la infancia que, al terminar la secundaria, se mudó a Mendoza con su familia y desde entonces –décadas atrás– mantenemos la entrañable tradición de intercambiar cartas manuscritas.

También usamos redes sociales (es más, a veces abusamos), pero la costumbre nació al descubrir que compartíamos un placer en vías de extinción: la de esperar al cartero. No el que trae cuentas o propaganda, sino quien nos acerca hojas escritas de aquellos que viven lejos y extrañamos tanto.

No todos los chicos comprenden la palabra “espera”. ¿Cómo transmitirles un disfrute que requiere de paciencia, incluso por varios días?

“Cosas de viejos”, elige comentar un sobrino adolescente, “no podés comparar con los mensajes electrónicos”.

Tiene algo de razón, la velocidad es importante; en segundos, salva vidas, mejora ánimos o cambia rumbos vitales. Sin embargo, no siempre es imprescindible para mantener vivos los afectos.

La celeridad (el apuro que contiene) también llega a afectarnos (intento explicarle). Justamente, lo que nos quita es la espera, aunque entiendo que es una virtud que aparece con el tiempo, como antídoto contra lo fugaz.

Pero, claro, a los 16 años el apuro existencial no deja ver que, en muchos aspectos de la vida, lo previo suele ser más disfrutable.

La urgencia (para responder mensajes, para vivir) también nos quita algunos instantes de reflexión; pausas que permiten entrenarnos en la olvidada paciencia.

Un auténtico diálogo requiere de paréntesis reflexivos.

Cada mensaje urge ser respondido, y hacerlo rápido, sin pensar alternativas, suele llevar a equívocos, incluso con la ayuda del predictivo.

Vuelvo a la carta. Escribo novedades cordobesas, hago preguntas mendocinas y finalmente buenos deseos nacionales.

Las palabras toman vida mientras la tinta se seca. Escribo con estilográfica (y en cursiva, por supuesto).

Soy de la generación que todavía toma la lapicera con tres dedos: índice arriba, pulgar y mayor abajo. Las nuevas generaciones muestran otros modos; usan más dedos arriba, y hasta algunos parecen haber involucionado al agarre simiesco. No lo critico, apenas es una descripción de quien acostumbra a vigilar la motricidad fina.

Leo y releo, tacho y corrijo. Los manchones quedan allí, para siempre; no desaparecen como cuando escribimos con un procesador de texto.

Creo que lo corregido y tachado transmite tanto como las frases que quedan indemnes; y que todo lector merece recibir las dudas y las vacilaciones que construyeron el texto final.

¡Listo! Doblo el papel, lo meto en un sobre, y escribo destinatario y remitente. No le pego estampillas; una pena.

Saldrá por correo mañana, y a partir de entonces comenzará otra espera. La de mi amigo, renovando su alegría por recibir al cartero.

Como siempre, Javier leerá la carta y la guardará. Y por la tarde, sin apuro y con una taza de café en la mano, volverá a leerla y a entenderla.

Cuando él lo decida, comenzará el ciclo inverso, de Mendoza a Córdoba.

Hojas en blanco, cartero, espera, tachones, reflexión, manuscrito: arcaísmos que recuperan valor por sus antónimos.

* Médico