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Heridas de lluvia

En este lugar del mundo, en esta provincia, sabemos de los dolores de la lluvia. En los inviernos, padecemos el rigor de su ausencia.

22 de febrero de 2015 a las 12:01 a. m.
Heridas de lluvia

Si no militara en la inclemencia, no revolviera las heridas de la intemperie, no desbocara el instinto de los ríos, no sometiera la fragilidad de las moradas, podría decirse que la lluvia cae del cielo para fecundar la maternidad más esencial, para aliviar el sudor del aire, para bruñir los colores, para mojar la aridez de los días y de los corazones. Si no llegara montada sobre la tempestad y se abatiera sobre las puertas, si no buscara con desesperación el final de su caída, la lluvia podría derramarse como una caricia sobre el respiro de la tierra firme y refrescar el aliento de los caminantes. Si no alimentara las aguas que dividen, si no abandonara a los solos a su soledad, la lluvia podría despertar los ventanales, reavivar las últimas luces de la tarde. La lluvia podría simplemente pasar y dejar tras de sí sus rastros húmedos, que sobre el asfalto y la tierra se convierten en los mil fragmentos de un gran espejo que muestra las caras recién limpias de la vida y de las cosas. Pero la lluvia también es tormento, a veces encendiendo el infierno de la sed con su ausencia, y otras, lanzando su abundancia con una violencia que multiplica su furia cuando viene aliada del viento y del lodo. Vivir aquí, al ras del piso y a expensas del humor del cielo, es una condición que ha abrumado a los hombres desde los orígenes, y entre tanto misterio que envuelve el halo de la vida, entre tanta vastedad lejana e inexplicable del universo, la lluvia, la tempestad, es una manifestación de lo mucho que no podemos controlar. Cuando se expresa devastadora, empequeñece toda el poder humano que hemos creído edificar. Pero mucho solemos hacer, por acción u omisión de los habitantes y sus gobernantes, para que esa devastación se traduzca en tragedia. En este lugar del mundo, en esta provincia, sabemos de los dolores de lluvia. En los inviernos, padecemos el rigor de su ausencia. Ahora, los cordobeses hemos visto otra vez la otra cara dramática, la que suele aparecer presentida en el aire sofocado de los días de verano. La pequeña versión de Apocalipsis que se desató hace una semana sobre las Sierras Chicas nos dejó atravesados de dolor y desamparo, por la muerte de ocho personas y por los miles que se hundieron en el tembladeral de perder el cobijo. El viernes, la aparición del cuerpo de Mariana Di Marco sumó otro puñal a la angustia. La lluvia que comenzó el sábado a la noche, sí, cobró una dimensión extraordinaria, como se ha dicho. Y también se ha señalado en las funestas consecuencias la huella del atropello voraz contra la naturaleza para exprimirle dinero sin medir las consecuencias. Tal vez, si la lluvia no llorara, las cosas no podrían sonreír cuando escampa. Pero esta vez, cuando el sol empezó a abrirse paso entre las nubes y la gran borrasca quedó atrás, nada en el cielo y en la Tierra podía pensar en sonreír: la tragedia de estos días será una herida siempre abierta en la piel de los veranos cordobeses.