Gestos
El Gobierno nacional nos quiere hacer creer –y mucha gente así lo cree– que en cada opositor hay un golpista, y en cada periodista independiente, un conspirador.
Entre quemar un ataúd con los emblemas del adversario y romper un diario en público, no hay mayores diferencias. Cuando Herminio Iglesias hizo lo primero en el cierre de campaña del peronismo, antes de las elecciones de 1983, terminó por decidir a quienes todavía permanecían en duda con su voto e inclinó el peso de las urnas a favor del candidato radical Raúl Alfonsín. Muchos argentinos vieron en ese gesto –más que un retorno al pasado– un anclaje a las prácticas salvajes y violentas que tenían la ilusión de abandonar, definitivamente, con la democracia venidera.Tres décadas después, un jefe de Gabinete se ufana destrozando un ejemplar de Clarín ante las cámaras de televisión, acusándolo de mendaz. Jorge Capitanich está en todo su derecho de valorar una publicación, controvertirla y denunciar eventuales yerros de la prensa. Pero si un gesto como el suyo es una manifestación elocuente de iracundia en cualquier ciudadano común, cuando viene de quien viene es todo un símbolo de intolerancia y desprecio por las reglas de juego democráticas.El Gobierno nacional nos quiere hacer creer –y mucha gente así lo cree– que en cada opositor hay un golpista, y en cada periodista independiente, un conspirador. Poniendo las cosas patas para arriba, le agrada ubicarse en el papel de víctima de los medios de comunicación, acusando de hegemónicos a los que no conjugan con su credo y descalificando ferozmente a quienes cuestionan sus políticas o su proceder. Va, de esta manera, a contramano de la Constitución, que tiene una concepción bien distinta sobre la función de la prensa.La libertad de expresión ha sido concebida, precisamente, para molestar al gobierno. Por eso es que en el texto constitucional, el derecho a publicar las ideas y, en su forma actual, a dar y recibir información, goza de una protección privilegiada; para que ningún mandarín pueda, con los pueriles argumentos kirchneristas, poner límites a la crítica o al control de aquellos que, para bien o para mal, son destinatarios de sus actos. Aun así, desde los tiempos de Néstor Kirchner la vienen jaqueando hasta dejarla herida; pero, con todo, no han podido silenciarla.Theophraste Renaudot, fundador de La Gazette de París, rogaba a los príncipes y a los estados extranjeros que no perdieran "el tiempo inútilmente queriendo cerrar el paso a sus noticias, cuya comercialización jamás se ha podido prohibir y que, de naturaleza semejante a la de los torrentes, aumenta con la resistencia...".Seguramente Capitanich cree lo contrario porque, desconociendo 200 años de historia, piensa que si no es por las buenas, por las malas pondrá el cerrojo y disciplinará a la audiencia.Se trata de hacer que la gente vea, lea o escuche lo que desde la Casa Rosada se quiere imponer, para que automáticamente se acepte como cierto. A esto le llaman el relato. Para Capitanich, la democracia se agota con el voto de millones de personas que no están en condiciones de valorar, por sí solos, lo que les conviene. En el mundo de la obsecuencia, al cual pertenece por elección, no hay margen para el propio criterio.Destruir un diario, comparar tinta con balas, quemar un libro... Es difícil encontrar mejores formas de rendir culto a la ignorancia.
*Abogado

