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No consigue atar el nudo de la corbata. Las manos duelen por el esfuerzo con los botones, lo que le recuerda la pastilla para la artrosis.

13 de octubre de 2013 a las 01:22 p. m.
Enrique Orschanski (Médico)
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No consigue atar el nudo de la corbata. Las manos duelen por el esfuerzo con los botones, lo que le recuerda la pastilla para la artrosis. Frente al espejo controla el afeitado y vuelve a ponerse agua de lavanda. Mira otra vez el reloj.De desayuno, té con una tostada. Trabajosamente consigue ponerse el saco. Sus zapatos brillan por el doble lustre que les dio anoche.Antes de salir mira el retrato de su esposa y le dedica una larga mirada. Cierra con doble llave y, antes de subir al taxi, mira si aseguró todas las ventanas.El viaje es breve. Vive cerca de la ciudad universitaria donde tendrá lugar la graduación de su nieto, el primer ingeniero en la familia.El taxista le ayuda a bajar; avanza con paso lento, vigilando cada irregularidad del piso. Un guardia le advierte por el escalón. Ha llegado temprano, puede elegir buen lugar.Desde que supo la fecha comenzó a prepararse. A sus 84 años no son muchas las ocasiones que demandan traje. Con ojos transparentes busca a su nieto entre el grupo de egresados, al final del salón. Su vista no es buena a pesar de los anteojos, abandona el intento. Se sienta, acomoda una arruga del saco, y se descubre pensando en su propia infancia. Desde siempre se despertaba a las 4, para trabajar en la panadería de los padres. Con el sol salía en la bici, y repartía pan y tortillas por el pueblo. La que sería su esposa vivía a dos calles. Después de varias entregas, se animó a hablarle; al mes, le propuso ser novios. Se casaron muy jóvenes.De las dos hijas, la primera se mudó a un pueblo cercano, donde necesitaban una maestra; nunca se casó.La menor, en cambio, quiso estudiar en la ciudad. De tanto extrañarla, decidieron mudarse ellos también. Cerraron la panadería y reunieron el dinero para comprar una casa. Aprendió a tornear madera y, de puro honesto y prolijo, llegó a ser muy requerido.La vida en la Capital no les resultó sencilla; los modos del pueblo son distintos. Sin embargo, durante muchos años protegió bien a la familia. Cuando el nieto entró en la universidad sumó un trabajo de sereno en la fábrica de soda.Su mujer se enfermó al poco tiempo del casamiento de la hija; la perdió un año después. "Si pudieras estar acá", piensa.Mira el reloj. Ya van 20 minutos de atraso. De pronto siente que le gritan: "¡Papá! ¿Cómo viniste solo?". Son su hija y su yerno. "Te fuimos a buscar y ya habías salido... ¿por qué no nos esperaste? Tampoco contestabas el celular".Se disculpa en silencio levantando los hombros.Lo encontraron por casualidad y ahora se sientan a su lado. La hija le ajusta el nudo de la corbata y le peina el cabello, algo revuelto en los costados.Los discursos se hacen largos, plenos de promesas para los egresados.Luego de muchos nombres, llega el turno del nieto. Eufórico recibe su diploma, sonríe para la foto y baja las escaleras.De chiquito lo llevaba a jugar a la plaza. Cuando los padres no podían, lo esperaba a la salida del colegio, felices los dos. También le enseñó a remontar barriletes, a pescar y a mentir en el truco."Creció rápido", murmura.El nieto se acerca para abrazarlo. Él se incorpora cuidadosamente. Precavido, ha guardado los anteojos en el bolsillo del saco.Rodea al muchacho, que responde con brazos fuertes.Los ojos se le nublan y, de repente, se acuerda del pueblo, de sus viejos, de las mañanas frías en la bicicleta. Aparece el rostro de su esposa; y de las hijas.Se separan lentamente, sin poder saber con qué lágrimas se quedó cada uno."Gracias", dicen al mismo tiempo.