Francisco y la pasión de ser humano
Hubo otros papas que abrazaron, rieron y atravesaron multitudes sin temerles, pero acaso ninguno lo hizo con la convicción de Francisco.
Abrazar, tocar al otro, es como romper la irremediable unidad de la que estamos hechos, la soledad esencial que somos; es como borrar la frontera de la piel y prolongarla sobre la piel del semejante. Es como salir de uno y dejar entrar al otro a ser parte de uno. Sonreír, reír a borbotones, es como abrirle paso a una vertiente que viene de la profunda oscuridad de lo íntimo y soltar un racimo de luz blanca entre los labios; es el adentro puesto sobre la mesa común; es como mirar y dejarse ver el alma. Es como llorar. Atravesar la multitud sin naufragar en el mar de lo general, sino reconocer lo particular en cada mano levantada, en cada voz, sin temerle al otro, es como ser uno y abrigarse en lo colectivo, que no es otra cosa que el uno de los hombres. Acaso hubo otros papas que abrazaron, rieron y atravesaron multitudes sin sentirse extraños ni temerles, pero se tiene la sensación de que ninguno lo hizo con tanta convicción y fluidez como Francisco, que, como parece haberse visto hasta aquí, se ha dado a la tarea encomendada por la Iglesia Católica de ser representante de Dios entre los hombres y, a la vez, de ser humano entre los humanos. Los hombres que conducen a los pueblos o que aspiran a hacerlo suelen tener esos gestos en la escena pública. Se entiende: no es sencillo presentarse como el uno para todos sin hacer contacto con los demás, así como es necesario lucir una sonrisa en las fotos si lo que se pretende es anunciarse como el camino al bienestar. Claro que no siempre lo que se hace por necesidad se hace con el corazón. Bien sabemos, además, que suele ser una manera de tendernos una alfombra para subir a una nube de ilusión, que en el fondo es sólo eso, una nube: pura forma y etéreo contenido. Pero hay veces en que los gestos representan en sí mismos un mensaje tan nítido que pueden ser contundentes y transformadores como los mismos hechos. “Me parece que mis hermanos cardenales lo han ido a buscar (al nuevo pontífice) casi al fin del mundo”. El 13 de marzo de 2013, Jorge Mario Bergoglio se presentaba en los balcones del Vaticano: el primer papa no europeo, el primero latinoamericano, el primero jesuita y el primero en elegir el nombre de " Il poveretto " de Asís. Estas cualidades, más la pasión humana de Bergoglio, ya representan una posición en la encrucijada del mundo y de esa Iglesia adusta y lejana que atravesó los siglos. Mientras, a sus gestos (no deja de reconocerse un pecador) Francisco ha sumado palabras como hechos (desde su crítica al capitalismo financiero hasta acercar a Cuba y Estados Unidos), aunque es tanto lo que aún se espera de él y de la institución católica. El papa es hijo de América latina, “el continente de la esperanza”, según sus palabras. Es posible que desde aquí tengamos una nueva mirada que ofrecerle al mundo y que, hoy, esa mirada tenga los ojos de Francisco.

