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Francisco, las palabras y los hechos

Más allá de las interpretaciones de sus gestos, Francisco encarna la voz de la conciencia humana para corregir el rumbo de la especie.

03 de abril de 2016 a las 12:01 a. m.
Francisco, las palabras y los hechos

Las palabras y los hechos son presentados como dos universos diferentes: uno, el de las meras intenciones –cuando no engañosas–, de lo volátil, de lo irreal; el otro, el de lo concreto, de lo tangible, de lo que cuenta. Pero, a veces, las palabras también son hechos, así de contundentes, pues tienen la fuerza de la realidad que las sostiene, de la capacidad de poner a la conciencia en acción. Las palabras son los hechos en potencia y la potencia de los hechos. Hace unos días, el 13 de marzo, Francisco cumplió tres años como el papa de los católicos, el máximo líder religioso de la civilización occidental y uno de los hombres clave del mundo. Entre los numerosos hechos que ha generado en su intensa tarea de este tiempo (como el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos o el encuentro con el patriarca ortodoxo ruso Kirill), también pueden contarse las palabras. Es que no sólo porque en sus labios asumen otro peso, sino por lo que han venido a decir. En medio de las tensiones, las guerras, la violencia, las inequidades, la voracidad, la opulencia de unos y la exclusión de muchos, el mundo de los humanos parece encaminado hacia su propia catástrofe. No es difícil advertir que en poco más de un siglo, con un inmenso desarrollo tecnológico en sus manos, el hombre ha acorralado a la naturaleza y ha desatado cataclismos sociales. “Para escuchar los gritos de la naturaleza, hace falta primero escuchar los gritos del ser humano, especialmente de los más pobres e indefensos”, dijo. En la formidable encíclica “Laudato si”, Jorge Bergoglio, el papa argentino, planteó: “El paradigma tecnocrático también tiende a ejercer su dominio sobre la economía y la política. La economía asume todo desarrollo tecnológico en función del rédito, sin prestar atención a eventuales consecuencias negativas para el ser humano. Las finanzas ahogan a la economía real. No se aprendieron las lecciones de la crisis financiera mundial y con mucha lentitud se aprenden las lecciones del deterioro ambiental”. Enceguecidos en la disputa del presente, se subestima la idea del futuro y de la responsabilidad frente a este. “Después de mí, el diluvio”, parece decir, como Luis XV, el hombre de este tiempo. El egoísmo, que para algunos funciona como el motor de la evolución, es todo un rasgo cultural, una ideología que impone. “La experiencia nos demuestra que cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano la vida en sociedad se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, lo que causa sufrimiento y frena el desarrollo”. Lo dijo en su reciente visita a México. Más allá de las diversas interpretaciones de sus gestos y de las dificultades hacia dentro y hacia fuera de la Iglesia, Francisco encarna una voz de la conciencia humana que ha venido a plantear la necesidad de una reacción frente a la inconsciente marcha hacia la infelicidad general y la posibilidad cierta de desventura final para la especie.