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Fragmentos de la vida de un niño prodigio

Domingo 7 al viernes 12 de marzo de 2010. Daniel Salzano.

12 de marzo de 2010 a las 11:00 p. m.
Daniel Salzano (Periodista)
Fragmentos de la vida de un niño prodigio

Domingo 7 al viernes 12 de marzo de 2010 Todos los días a las seis la mano enguantada del verdugo accionaba la válvula fabricada en Inglaterra y la sirena del Belgrano advertía que se avecinaba una nueva jornada laboral. He aquí, concejales, un nombre extraordinario para bautizar una calle cualquiera de barrio Pueyrredón: "Pito de las seis". Mi papá trabajaba en el Belgrano de la misma manera que lo había hecho mi abuelo y probablemente lo hubiera hecho yo si en un momento de avidez luciferina no hubieran conducido los trenes hasta el borde del abismo y los hubieran despeñado como a una manada de bisontes. Y ahora volvamos a Salzano II, mi papá, que obedecía la orden implícita del pito sin siquiera plantearse la posibilidad de que, además de las seis, existieran las siete, las ocho o las once menos cuarto. Quiero decir que, cuando murió, la vida le debía media vida. Todo era heroico para los ferroviarios de la edad dorada: a las seis sonaba la sirena, a las seis y diez se afeitaban con el mismo jabón de lavar la ropa y a continuación se limpiaban la cara con dos cachetazos de agua helada recogida en una palangana. Yo lo escuchaba desde la cama, entredormido, y era capaz de describir su itinerario traduciendo los ruidos que hacía. Mi papá era un hombre de ruiditos. El principal: cortaba seis rebanadas de pan y las untaba con manteca: dos para mamá, dos para mi hermano y dos para mí. En mi casa siempre había pan con manteca, una de las pocas señas de identidad que permiten, sin margen de error, identificar a un cordobés de un argentino. Imaginen la expresión de Pitodelaseis cuando se enteró de que yo era un niño prodigio. Estoy seguro que atribuyó las razones del fenómeno al pan y a la manteca. La vaca, un mamífero romántico B ueno, lo de prodigio es una exageración. Quiero decir que yo era un alumno tan bien o mal dotado como cualquiera de los que estudiaban en el colegio Fray José Antonio de San Alberto: siete en gramática, seis en religión, cuatro en manualidades, conducta regular y veredicto inapelable: "Demuestra poca disposición para el estudio de las ciencias exactas, físicas y naturales". Pero había un detalle destacado en mi foja de servicios escolares: nunca bajaba de 10 en redacción. Traduciendo: pertenecía al grupo de elegidos que había nacido con la ortografía puesta. -Niños, escriban una composición sobre la vaca. Entonces yo, sin titubear me tiraba del trampolín con los ojos bien abiertos: "Las vacas son mamíferos románticos que nacen, viven y mueren junto a las vías del tren esperando la llegada de un amor que nunca se produce". El problema, en todo caso, era para la maestra que debía decidir hasta dónde se le podía poner un tres, un cuatro o un 10 a un chico que tanto podía ser una lumbrera como un atorrante. No me ponía nota sino que, al pie de la hoja, me enviaba mensajes. Una vez, entre signos de admiración, escribió: "!Un poco más de respeto y un poco menos de insolencia!". Me mató. Aquella advertencia me hizo mucho daño. Tanto que quebré el lápiz y el ruido sonó como un disparo. Ella me mandó a la dirección, castigado, pero no fui. Pasé de largo y me mandé a mudar a la calle. Si mi papá hubiera sido dueño de los trenes del Belgrano le hubiera pedido que se llevara al colegio por delante. Cuidado con el corazón de los niños prodigiosos: si se resbalan, antes de llegar al suelo, aparece un gato que salta y los devora. Diego, hijo de Cristóbal A hora tiene un nombre diferente -más racional y menos humillante- pero hasta no hace mucho al 12 de octubre se lo conocía como el Día de la Raza. Colón era tapa obligada del Billiken y, de tanto verlo, ya no lo advertíamos. Sin embargo, a mí, el genovés me tenía los puntos calzados. Me atraía su funghi, su colosal fracaso y esos ojitos de buscavida solitario curtido en la desgracia. El Día de la Raza era un grano que afloraba una vez al año en el trasero escolar y que generalmente se liquidaba con el dibujo de las tres carabelas y una composición alusiva. Una redacción prácticamente regalada porque el ochenta por ciento de su lenguaje ya estaba registrado en la memoria: huevo, tierra y papagayo. La fórmula mágica del pan con manteca (!Shazam!) surtió su efecto explosivo cuando redacté mi propia interpretación del Nuevo Mundo: en lugar de una composición escribí una carta haciéndome pasar por Diego, el hijo de Cristóbal. El texto comenzaba así: "Mi muy querido y extrañado padre". Y a continuación le informaba de mis progresos durante su ausencia. Me inventé unos frailes bondadosos que rezaban al amanecer (!el pito de las seis!), utilicé por primera vez en mi vida la palabra "marrano" y le contaba que todas las tardes me sentaba frente a la mar océano con la esperanza de ver regresar las carabelas. También le pedía un loro de regalo. Un loro de las Indias Occidentales. Al pie de la carta firmé "Diego Colón" y bordé el nombre con una rúbrica de cuatro rulos. Ese fue probablemente el punto G de mi exigua vida prodigiosa porque, un mes más tarde, distinguido por el Ministerio de Asuntos Exteriores, viajé al centro para retirar un diploma que llevaba al pie las banderas entrelazadas de España y Argentina. Lo que más recuerdo del fasto es que fuimos y volvimos en taxi. Cuando llegamos a casa por el barrio ya circulaba el rumor que yo estaba predestinado a convertirme en presidente de la Sociedad Argentina de Escritores. El hornero levanta vuelo E scribir, deduje entonces, era tan sencillo como estirar la mano y sacar un pescadito de la pecera de la Real Academia de la Lengua. Es fácil imaginar el resto: una mañana cualquiera sonó el pito, papá se afeitó, preparó el pan con manteca y cuando llegué al colegio advertí, desesperado, que me había quedado hueco. Nos pidieron una redacción sobre el hornero -una bicoca- y la única palabra que se me ocurrió fue pajarito. Así iba a ser muy difícil convertirme en presidente de la Sade. Seré breve. O por lo menos tan breve como suele ser la vida de los hombres: me creció la barba, aprendí a armar cigarrillos con una sola mano, gestioné la libreta de enrolamiento, trabajé como cadete en una ferretería de la calle Humberto Primo y en un pase mágico que orquestó el destino, desaparecieron simultáneamente el pito de las seis, mi viejo, el agua y la palangana. Lo único que permaneció, inasequible al desaliento, fue el pan con manteca. Por lo demás, ya era un hombre igual a cualquiera. De la edad dorada de mi breve existencia de pibe prodigioso, sólo conservo la lapicera fuente que me regaló mi madrina. La lapicera provenía de la joyería Bristol y lleva mis iniciales grabadas en el capuchón. Ella también murió creyendo que llegaría a ser presidente de la Sade. De la melancolía como estilo S on aquellos relámpagos infantiles los que, a manera de sustento inagotable, me mantienen enfrentado a la única evidencia: cada vez que se enfrenta con Córdoba, la literatura resulta derrotada. Contando solamente con el pito de las seis, el pan con manteca y la palangana, me enfrento a la melancolía propia de la vida con la expresa intención de convertirla en un estilo. Lo que verdaderamente importa es que cuando vayas a pedir un préstamo al banco de Escocia y te hagan llenar la solicitud, en lugar de "empleado" pongas "escritor". Desde las tardecitas de Diego Colón hasta la fecha no he dejado de hacer guantes con la escritura. He terminado convertido en uno de esos pugilistas veteranos que no figuran en el ranking, pero que siguen yendo al gimnasio a entrenarse porque nunca saben dónde puede esconderse el enemigo. Traduciendo: no llegué a presidente de la Sade pero me labré una rotunda cara de perro que aúlla de amor cuando emboca una frase de las buenas. Las palabras no están en la pecera de la Real Academia, niños, sino en el corazón y hay que trabajar con pico y pala hasta encontrarlas. Hay que pulir el jab, ocupar el centro del ring, cubrirse con la izquierda, soltar la emoción y sacar como un obús el derechazo. Cada vez que la enfermera se distrae, corto una rebanada de pan, la cubro de manteca, me encierro en el baño y la devoro paladeando su extraño sabor a huevo, tierra y papagayo.