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Falta de conciencia democrática

No alcanzó con el caos que los cordobeses han soportado casi a diario en los últimos tiempos, sometidos al arbitrio del uso de la fuerza por parte de grupos que, minoritarios, les imponen a las mayorías un maltrato fenomenal. 

24 de diciembre de 2016 a las 12:01 a. m.
Falta de conciencia democrática

No alcanzó con el caos que los cordobeses han soportado casi a diario en los últimos tiempos, sometidos al arbitrio del uso de la fuerza por parte de grupos que, minoritarios, les imponen a las mayorías un maltrato fenomenal. Abusan, casi siempre, del estigma que parece alcanzar en la Argentina a todo intento de orden público, como si la legitimidad de algunos reclamos justificara el vale todo. Fue justo a mitad de la semana –en un día tórrido, de esos que exacerban los ánimos– cuando, tras adueñarse del casco céntrico cordobés y aterrorizar a propios y extraños a fuerza de morterazos, la concentración de trabajadores estatales escuchó la arenga del gremialista Gabriel Suárez: "O voltean la ley 10.333 o lo volteamos a él" (en referencia al gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti).Ya no se trata de discutir la conveniencia o injusticia de una ley aprobada por el oficialismo en la Unicameral, sino de la apropiación por unos pocos de la tutela institucional: o las cosas asumen un determinado derrotero o estas serán encauzadas por la fuerza. Es un discurso del pasado, pero resonó esta semana, recordándonos que las naciones tardan siglos en madurar, pero mucho más en regresar de la irracionalidad.El titular del gremio de Luz y Fuerza ni siquiera puede alegar originalidad. A lo largo de la llamada década ganada, fueron demasiados los intérpretes de la voluntad popular, lenguaraces del pensamiento y del deseo ajenos que se auto otorgaron carta blanca para el desatino verbal, la provocación, el desprecio por el otro y la amenaza como sistema.Nadie, en la Argentina reciente, ha estado a salvo de la teoría y práctica del escrache, impulsada desde el atril presidencial a costa de algún jubilado que quiso comprarle unos dólares a su nieto.Ejemplos lamentables sobran: llevan los nombres de Luis D'Elía, Hebe de Bonafini, Guillermo Moreno, seguidos ellos por una larga lista de provocadores profesionales que no han podido olvidar aquella advocación terrible que reza: "Para el enemigo, ni justicia".Esto que nos pasa, huelga decirlo, no es casual ni reciente; son los males que por décadas hemos llegado a institucionalizar, en la convicción de que la democracia es una cuestión boxística. Pero aun en el boxeo existen reglas claras, árbitros y jueces.La sociedad argentina está en el punto justo en el que debería optar entre la razón y la fuerza, apostar al debate o a la confrontación permanente, el punto justo en el que debería asumir que se debe cerrar el camino a los violentos. Lo sucedido esta semana debería convencernos de que hay un remedio claro para quienes amenazan: la Justicia.