Eva, en un país en blanco y negro
Han pasado 64 años. Su evocación regresa con cada aniversario a distintos momentos del país. Aunque con otra intensidad y con las distintas miradas que le han dado las generaciones, aún persisten ardores en su nombre.
Ya la inmensa mayoría de los que habitamos este instante no sabemos sobre la intensidad de las sensaciones que se esparcieron sobre la vastedad de aquel país en blanco y negro, cuando el 26 de julio de 1952 la radio dijo que Evita había “pasado a la inmortalidad”. Una desolación infinita atravesó el corazón de buena parte del pueblo y se asomó en esas casitas en las que se levantaban rústicos altares de velas encendidas para rezar por su salud, por no perder su protección. Se necesitaba su voz en discursos de palabras bravas, su consistencia para defender a Juan Perón, pero también para verla llegar en el tren con juguetes para los chicos y con máquinas de coser para las mujeres. Pero había otro país, que no sólo era el que se sentía indignado por la pérdida de “sus derechos” de mandar al poder político. También había una parte del pueblo, sobre todo de clase media, que no digería las formas y las maneras del gobierno peronista, entre otras razones. Por eso, cuando esa noche se prendieron las luces de los cines, hubo tantos que susurraron: “¡Bien, carajo!”. Hasta se había escrito: “¡Viva el cáncer!” en las paredes. Era un país en blanco y negro, no sólo por las imágenes. Se había abierto un abismo profundo, una versión profunda del viejo abismo con el que parimos nuestra historia. Eva generó tanto amor y tanto odio, acaso como nadie, de parte de los que son capaces de amar o de odiar como nadie. Fue una mujer que vino a la historia en nombre de las mujeres, pero fue más que eso. Hubo antes muchas luchadoras, pero ella también venía encabezando sueños de las clases populares. Y se le fue la vida en ello. Se inventó a sí misma, pero tuvo un compañero con la valentía de convertir a una actriz de 25 años en primera dama, pese al recelo de militares y de la alta sociedad. Eva, la insultada, la ultrajada como cadáver, la escondida de la muerte, se hizo mito. Lo consiguió en sólo 33 años, con su manera de vivir arrebatada por las pasiones, quizá inflamada por los dolores de la niñez y de la pobreza, pero sobre todo por el amor que, al final, la consumió. Han pasado 64 años. Su evocación regresa con cada aniversario a distintos momentos del país. Aunque con otra intensidad y con las distintas miradas que le han dado las generaciones, aún persisten ardores en su nombre. Es su manera de seguir presente.

