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Estados Unidos retrasa la hora de su ocaso

El auge energético es un elemento importante de la resurrección económica estadounidense. Tras el pánico de Lehman Brothers, Estados Unidos ha logrado levantarse más rápido que Europa.

06 de febrero de 2014 a las 02:35 p. m.
Andrea Rizzi*
Estados Unidos retrasa la hora de su ocaso

Las profecías acerca del ocaso de la supremacía global de ­Estados Unidos circulan desde hace tiempo y proliferan con especial intensidad desde el estallido en 2008 de la crisis financiera incubada en Wall Street y aledaños. El reciente bloqueo político en Washington y el constante ascenso de China, entre otros elementos, han ofrecido sólidos apoyos para esa tesis. Los errores de George Bush (en Irak) y los titubeos de Barack Obama (en Siria) echaron más leña al fuego, igual que los límites mostrados por la intervención en Afganistán y ciertos éxitos diplomáticos de Rusia. Sin embargo, el conjunto de los debates, análisis y maniobras diplomáticas desarrolladas en la Conferencia de Seguridad de Munich, la semana pasada, proyecta serias dudas sobre la teoría del desvanecimiento de esa supremacía en el corto y mediano plazo.Varios elementos se yuxtaponen a la nutrida galería de recientes ­dificultades, límites y fracasos de Washington.

La energía

Estados Unidos se convirtió en 2013 en el principal productor mundial de gas y petróleo. La eficaz utilización de la tecnología de la fractura hidráulica (

fracking

) permite explotar nuevos yacimientos en su territorio. La producción de crudo, que en 2008 rondaba los cinco millones de barriles diarios, ahora ronda los ocho millones. En el mismo período, la extracción de gas aumentó en más de un 20 por ciento.

Esta dinámica reduce la dependencia energética del país y, además, contribuye a enfriar los precios de los hidrocarburos, de los 
que dependen las aspiraciones de varios rivales de Washington. Empezando por Rusia, que es un monocultivo económico, pasando por Venezuela, Irán 
y otros. Si la di­námica se confirma, pronto Estados Unidos podrá depender tan sólo de las importaciones de crudo de Canadá y México, dos países amigos.

El auge energético, de paso, es un elemento importante de la resurrección económica estadounidense. Tras el pánico de Lehman Brothers, Estados Unidos ha logrado levantarse más rápido que Europa, con una eficaz actuación del gobierno.

Desde entonces, el producto interno bruto (PIB) ha crecido con continuidad, las empresas escalaron las listas de capitalización bursátil y se crearon casi ocho millones de empleos. La economía creció a un notable 4,1 por ciento en el tercer trimestre de 2013, y un 3,2 por ciento en el último. Las previsiones para 2014 son buenas. El déficit se está reduciendo con rapidez.

Estos elementos estimulan el músculo estadounidense, cuya maquinaria militar sigue teniendo una ventaja sideral respecto a la de los rivales. No sólo su gasto en defensa es aún superior al de las siguientes 10 principales potencias juntas, sino que décadas de mayor inversión y experiencia bélica acumularon un activo inigualable en el breve y medio plazo. Las retiradas de Irán y, este año, de Afganistán, permitirán a unas fuerzas armadas sometidas a un enorme esfuerzo respirar y adaptarse al futuro sobre la base de las lecciones aprendidas.

La maquinaria diplomática sigue teniendo la ambición de abarcar todo el planeta. “No nos vamos a retirar de ningún lugar”, respondió el secretario de Estado, John Kerry, a una pregunta sobre la presunta tentación de Washington de reducir su abanico de actividad. Kerry explicó cómo pasó buena parte de las vacaciones de Navidad impulsando una tregua en Sudán del Sur.

Estos elementos, junto con la capacidad de innovación tecnológica, la excelencia de las universidades y el atractivo cultural que hace de imán a cerebros brillantes conforman una estructura de potencia que sigue siendo difícil igualar.

El rival

Al otro lado, China avanzó a pasos de titán en las últimas décadas. Su PIB creció a un ritmo medio del 10 por ciento anual desde 1978. Su peso demográfico, industrial y comercial augura un claro futuro de superpotencia a Beijing. Pero China se está ralentizando –crecimiento inferior al ocho por ciento en los dos últimos años– y son grandes los desafíos que tendrá que superar para mantener el ritmo y acercarse a la capacidad militar, diplomática y tecnológica de Estados Unidos.

Entre ellos, se pueden destacar tres: la creciente brecha social entre ricos y pobres amenaza con causar inestabilidad y perjudicar el consumo interno chino, elemento indispensable para la consolidación del crecimiento económico; la subida de los salarios reduce la competitividad de los productos chinos, y está por verse que la economía del gigante asiático logre ofrecer suficiente valor añadido como para compensar esa pérdida; la política del hijo único producirá una dinámica demográfica desfavorable en las próximas décadas.

A la vez, la inestabilidad que sufren en estos días sus divisas muestra que el triunfal ascenso de varios países emergentes no está exento de graves riesgos.

Pese a sus errores y límites, el ocaso de la supremacía de Estados Unidos no parece tan cerca en el horizonte.

*El País, de Madrid