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Entre el hombre y el animal

La libertad es el más grande destino del hombre, pues ella le otorga el poder de elegir. Es en consecuencia, según Aristóteles, un “animal político”. Arnaldo Pérez Wat.

14 de enero de 2013 a las 12:01 a. m.
Arnaldo Pérez Wat (Periodista)
Entre el hombre y el animal

¿Qué es el hombre? Es difícil contestar porque en las respuestas se involucran ciencias duras y blandas. Según ciertas ramas de la psicología, el infante, el bebe y el feto no son hombres. Para la sociología, el bebé es un hombre y el feto no. Para la anatomía y ciertas ramas de la medicina, el feto sí lo es.

En antropología filosófica, para muchos filósofos (H. Bergson, M. Heidegger, C. Lévi- Strauss) sin lenguaje no hay hombre. Debe ser cierto, ya que el hombre es el único animal que charla (lo que se llama lenguaje animal es otra forma de comunicación).

Para el epifenomenismo, no existe la libertad y el hombre actúa como una máquina. No hay manera de rebatirlo, pues si sólo hay en el universo átomos y moléculas, estas partículas se moverán de cierta manera y aparecerá “La Gioconda”.

Más técnicamente, los epifenomenistas (Maudsley, Huxley y Le Dantec) sostienen que solamente existe un paralelismo pisco-fisiológico; que todo estado de conciencia corresponde a una modificación nerviosa, y que sólo es importante esa modificación. Así que nadie ha tocado una conciencia, pero en caso de que ella exista, no es más que un reflejo de dicho paralelismo. De esa forma, vamos al teatro a escuchar a Bruno Gelber solamente impulsados por causas mecánicas; aunque sepamos por qué estamos en la butaca emocionándonos.

En esa tesitura, le sugerimos a aquellos especialistas que un hombre movió la mano, manchó una hoja con tinta y salió el “Hamlet”, y contestan: “No lo dudéis”.

Esta actitud filosófica no nos ayuda a comprender lo humano. Pero le baja un poco el copete al animal superior. Edison lo dijo de otra manera: “Entre un hombre y un chimpancé listo no existe una diferencia esencial, sino sólo de grados”.

Pese a todo, siempre se afirma que la libertad es el más grande destino del hombre, pues ella le otorga el poder de elegir. Tiene derecho a votar. Es, en consecuencia, según Aristóteles, un “animal político”, además de un “animal racional” que se equivoca.

Si el error yace sólo en la razón, los animales, aunque tienen inteligencia, nunca se equivocan. Por suerte no votan, pues se convertirían en un peligro, ya que tampoco mienten. En la política hay que saber hacerlo disimuladamente. Quizá el zorro podría intentar postularse para algún cargo: sabe engañar a las gallinas, a los conejos y hasta a los hombres.

El pensamiento del animal no tiene posibilidad de explorar su futuro. No piensa en su reelección porque no dispone del concepto de tiempo. Tampoco es dueño de prometer, ni de comprometerse ni festejar aniversarios.

Respecto del pasado, ambos tienen memoria; la del animal se circunscribe al “aquí y ahora”: aparece el que le pega y se acuerda de él. No se sienta al lado de la chimenea a recordar cuántas palizas ha recibido.

Finalmente, el animal no tiene libertad porque no dispone de voluntad. Y la libertad hace del hombre un ser superior. Este la tuvo antes de nacer: con el reclamo de las pataditas, el feto ya goza de una libertad, como la de los planetas, siempre dentro de su órbita.

Es cierto que el hombre no es dueño en absoluto de todos sus sentimientos; ni de empezar a amar ni de poner fin al amor, pero dispone del tiempo que todo lo cura. Sin su amor, quizá alguna vez llegue a llorar, si se siente en soledad. Aunque en la quietud de cuatro paredes puede soñar un mundo sin paredes; porque dispone de la imaginación (vedada al animal) que le permite trasladarse a cualquier punto del universo.