En un lugar de privilegio
El periodista debe buscar la verdad y decir lo que a su leal entender es consistente con ella, y debe estar dispuesto a re-examinar su pensamiento. Arnaldo Pérez Wat.
En 1936, cuando la radio tenía el vigor de la adolescencia, todo el mundo escuchó la voz del rey Eduardo VIII explicando las razones que lo impulsaban a abdicar del trono británico por la mujer que amaba. Coronado en enero, abdicaba el 11 de diciembre para contraer enlace con la divorciada estadounidense Betsie Wallis Warfield. Se reconcilió con la familia real 30 años después.
Hoy, las noticias de separaciones de uno o dos divos se lanzan como bombas más poderosas que aquella y, a veces, se arma todo un circo para lograr mayor audiencia. Semejantes acontecimientos resultan un manjar para el periodismo basura, que nació cuando el presidente Richard Nixon se vio obligado a renunciar, el 8 de agosto de 1974. Desde entonces, se hace hincapié en una decadencia de la cultura, basada en la simplificación y lo barato. Pero en este día, aparte de la institución, se festeja y se memora al agente y a la libertad de expresión.
Menuda responsabilidad ha cargado el destino sobre las espaldas del periodista: todo su hacer va dirigido a la sociedad. Arranca desde una perspectiva deontológica que liga la moral con su tarea. Esta puede resumirse en el precepto que ordena: "El hecho es sagrado, el comentario es libre". En esa postura, su impronta lo ha signado: es difícil separar lo que se ha visto de su interpretación o valoración en forma absoluta. Es imposible ser el ciento por ciento de objetivo.
El cronista de la radio y de la TV es esclavo del minutero del reloj. A veces, con la premura, se ve obligado a omitir nombres y otros pormenores. Mayores detalles recoge el hombre de la prensa escrita, pero igualmente es esclavo de la otra manecilla del reloj: el informe por escrito debe estar cerrado en determinada hora. Más desahogado parece el que obedece al calendario; esto es, el que escribe para una revista. Puede especializarse en determinado arte o ciencia, pero también está contribuyendo a formar la opinión pública y a educar al soberano.
La misión. ¿Cuál es la misión del periodista? ¿Decir toda la verdad y nada más que la verdad? Ojalá se pudiese. Mejor acordemos que, en primer término, debe buscar la verdad y decir lo que a su leal entender es consistente con ella, y debe estar dispuesto a reexaminar siempre su pensamiento. Después, estar pronto a rectificarse en cualquier momento si el hecho no corresponde a lo que consideró verdadero.
Con esta postura, la autocrítica interior, individual, queda perfectamente realizada, porque es fácil llevarla a cabo cuando un hombre se halla habituado a hacer el bien. Resta la crítica que debe realizar la empresa periodística sobre sí misma. Es la que está sobre el tapete. Constituye una tarea hercúlea que se está debiendo a la sociedad.
Feliz de aquel probo hombre de prensa que ha encontrado su vocación como comunicador en una época en que la mayor parte de los seres viven desencaminados o trabajando en lo que no quieren hacer. Ya sea en un inmenso salón, ya en el reducido espacio de un pasquín, el periodista que se realiza con esta existencia que el destino le ha asignado tiene la dicha cotidiana de saludar la luz del sol.
Sabe que no puede desentenderse del semejante. Sabe que muchas veces no recibirá el aplauso ni el agradecimiento. Está en un lugar de privilegio, porque siente la dicha de hallarse presente donde una inevitable fuerza moral lo ha llamado como pieza clave para integrar la maquinaria que hoy, en medio de un inmenso vaivén, intenta restaurar el orden en el cuerpo social del universo.

