En el umbral de otra ilusión
La nueva oportunidad que trae el Año Nuevo no sólo es individual, sino también colectiva. Alejandro Mareco.
Hemos dado otra vuelta más en esta calesita llamada Tierra, y el final de cada giro tiene como particularidad la sensación de que es posible detenerse por un momento y dejar fluir la conciencia de que estamos, de que venimos y de que vamos. Además de seres de carne y hueso, estamos hechos de tiempo. Y nuestra esencia es atravesarlo, dar un paso más, siempre un paso más. El número del año es una convención cultural, ningún designio cósmico. Pero, al fin, es la medida que tenemos de nuestro transcurrir montados en la vida (y montados en el mismo cosmos). Girar y girar, repetir una y otra vez la sensación de final y punto de partida, es nuestro designio. Y vernos las caras, unos a otros, en el espejo de los años, es nuestra constancia de viaje. Acaso el elixir de las fiestas de fin de año es la certeza de que estamos y de que allá vamos de nuevo; por eso tanto augurio en tanta copa: aliento y esperanza para salir a conquistar lo que vendrá. “Es evidente que ciertas fiestas profanas, en apariencia, del mundo moderno conservan todavía su estructura y su función mítica”, decía el rumano Mircea Eliade en Los mitos contemporáneos , y en este sentido señalaba a “los júbilos del Año Nuevo y las fiestas que saludan un ‘comienzo’”. La sensación de que estamos frente a un nuevo comienzo tiene que ver con los ciclos de la fecundidad (los años repiten las estaciones que llegan al extremo de la agonía yerma del invierno y pasan a la siguiente exaltación de la vida que trae la primavera) y el ordenamiento en giros del universo. Aun cuando este impulso está presente, nuestro tiempo, nuestra vida, es un camino lineal, como el de la historia, de cuyo alimento somos parte. Así es como, en cierta manera, lo que le pasa a uno les pasa a todos, y lo que les pasa a todos le pasa a uno. Lo que nos rodea, los ojos que miramos y los que nos ven son parte de lo que nos ha tocado. Pero la celebración tiene que ver con lo que se ha podido construir a partir de allí. Así, por ejemplo, en el reconocimiento del valor del encuentro en una fiesta como mañana a la noche no sólo hay lugar para los esenciales lazos de sangre, sino también para los compañeros de ruta vital, como son los amigos. Deseos de paz, de prosperidad, de bienaventuranza. Cada Año Nuevo es un manantial de ilusiones que rompe el transcurrir ordinario de los días para elevarnos un poco al cielo de los sueños. A la medianoche de mañana, brindaremos por cada uno que alce la copa, por nosotros, por nuestros proyectos más queridos, por estar vivos o, simplemente, por cambiar la ruta de la adversidad. No estamos hechos sólo de realidad; necesitamos de los sueños, de la esperanza. Y es ese instante, el de los fuegos y el de las campanadas, el que parece ofrecer un horizonte nuevo para ejercer la vida. Ese de la ilusión de todos los años, un ritual repetido; pero es también la gran oportunidad de volver a soñar. La nueva oportunidad que trae el Año Nuevo no sólo es individual, sino también colectiva. Hemos brindado igual en momentos sombríos del país, como en aquel 2001; brindemos ahora porque seamos capaces de alcanzar y sostener una sociedad mejor, más justa. Ese es el mejor de los sueños.

