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Elecciones sin maquillaje

¿Recelos ante el aumento del endeudamiento público y el creciente déficit? Fernando Henrique Cardoso.

11 de julio de 2010 a las 12:01 a. m.
Fernando Henrique Cardoso (Ex presidente de Brasil)
Elecciones sin maquillaje

El mundo continúa debatiéndose sin encontrar caminos seguros para superar las consecuencias de la crisis desencadenada en el sistema financiero.

Incluso, la idea de gravar los movimientos financieros -que defendí en la década de 1990 y que parecía una herejía- ahora apareció en la voz de los más ortodoxos defensores del rigor de los bancos centrales y de la inviolabilidad de las leyes del mercado.

En el afán de detener la sangría producida por la exacerbación irracional de los mercados, otros tantos ortodoxos pasaron a usar -incluso abusar de ellos- los incentivos fiscales y beneficios de todo tipo para salvar los bancos y el consumo.

Recientemente, el economista y escritor estadounidense Paul Krugman lamentó la resistencia europea a la molicie fiscal. Él piensa que el recorte de los estímulos puede llevar a la economía mundial a algo semejante a lo que ocurrió en 1929. Cuando la crisis parecía haberse calmado, en 1933, se suspendieron los estímulos y las medidas que facilitaban el crédito, lo que trajo de regreso la recesión al mundo.

¿Será esto lo mismo? Es muy pronto para saberlo. Pero las noticias que vienen del exterior, y no sólo de Europa sino también de la zigzagueante economía estadounidense y de la letárgica economía japonesa, además de las dudas sobre la de China, no son señales de una recuperación alentadora.

Mientras tanto, eso se vive en Brasil como si nos hubiéramos convertido en una Noruega tropical, una feliz ironía del periódico brasileño O Globo . Y en tan corto plazo, estamos todos atónitos con tanto dinero y tantas realizaciones. Basta leer los comentarios del presidente (Lula da Silva) en el diario The Financial Times (28 de junio).

La pobreza existía en la época de la "estanflación" (estancamiento con inflación) de la economía. Ahora, asistimos al espectáculo del crecimiento sin trabas, dispensando reformas y desautorizando preocupaciones.

Si en el gobierno del presidente brasileño Ernesto Geisel (1974-1979) se decía que éramos una isla de prosperidad en un mundo en crisis, ahora la retórica oficial nos da la impresión de que somos un mundo de prosperidad y que el resto es una distante isla en crisis.

¿Poca inversión en infraestructura? !Vamos! El Programa de la Aceleración del Crecimiento lo resuelve.

¿Recelos ante el aumento del endeudamiento público y el creciente déficit? Pues, preocupación como ésa es la de Europa; en Brasil, no. A fin de cuentas, Dios es brasileño.

La dura realida. Sólo que la realidad existe. La prosperidad de unos depende de los demás en este mundo globalizado. Por más que estemos relativamente bien en comparación con países de economías más maduras; si éstos se estancan o crecen a índices bajos, habrá problemas.

La caída de los precios de las materias prima perjudicará nuestras exportaciones, gran parte de las cuales son commodities . La falta de crecimiento complicará la solución de los desequilibrios monetarios y fiscales de los países ricos y eso significará menos recursos disponibles para Brasil en el mercado global.

No debemos ser pesimistas, pero no podemos dejarnos arrullar en devaneos casi infantiles, que nos distraen de analizar los verdaderos desafíos del país.

Falta de realism. Lamentablemente, estamos a las vueltas con las distracciones. Un cántico de alabanza a nuestras grandezas, de una falta de realismo aterradora. Nos embarcamos en la antigua tesis de "Brasil potencia" y, sin mirar atrás, nos proponemos dar saltos sin saber con qué recursos: tren bala de costos desconocidos; manto presalino sin atención al impacto del desastre del derrame petrolífero en el Golfo de México sobre los costos futuros de la extracción de petróleo; capitalización de Petrobras de proporciones gigantescas; una Petrossal de propósitos inciertos y tamaño imprevisible.

Todo grandioso. Se habla más de lo que se hace. Y lo que se hace es gracias a transferencias masivas del bolsillo de los contribuyentes a las arcas de las grandes empresas amigas del Estado, a través de empréstitos subsidiados por el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), que de rebote engordan la deuda bruta de la tesorería.

La escenificación para las elecciones de octubre ya está lista. Como en una fábula, la candidata del gobierno, bien peinada y rosada, casi una princesita nórdica, dirá todo lo que se espera que diga, en especial lo que el "mercado" y los socios internacionales quieren oír. Pero la misma candidata ya lo advirtió: no es un poste. Y no es lo mismo, espero. Tiene una historia que no concuerda con lo que se quiere que ella diga. ¿Cumplirá lo que dice?

En el México del Partido Revolucionario Institucional (PRI), cuyo dominio duró más de 70 años, el presidente nombraba él solo (con el "dedazo") al candidato a sucederlo, en un proceso vedado a las miradas y las influencias de la opinión pública. No obstante, cuando la selección era revelada al público ("el destape del tapado"), el escogido se veía obligado a decir lo que pensaba.

En Brasil, el "dedazo" de Lula nombró candidata a Dilma Rousseff, del gobernante Partido de los Trabajadores. Sólo que ella no puede decir lo que piensa para no poner en peligro la elección. Estamos delante de un personaje que será moldeado por los expertos del mercado. Antiguamente, eso se llamaba "alienación". Así se esconde lo que realmente está en juego.

¿Queremos perfeccionar nuestra democracia o aceptaremos como normales los grandes delitos de chiflados y las pequeñas infracciones sistemáticas, como las de un presidente que se encoge de hombros ante seis multas que le aplican por violación a la legislación electoral?

¿Queremos un Estado partidariamente neutro o cautivo de los intereses partidistas?

¿Que dialogue con la sociedad o que se cierre para tomar decisiones basadas en una supuesta superioridad estratégica para escoger lo que es mejor para el país?

¿Que confunda la nación con el Estado y a éste con las empresas y corporaciones estatales, en alianza con unos cuantos grupos privados o que sepa distinguir una cosa de otra a nombre del interés público?

¿Que le apueste al desarrollo de las capacidades de cada individuo, para la ciudadanía y para el trabajo, o que vea al pueblo como masa y a sí mismo como benefactor?

¿Que discierna en el medioambiente una dimensión esencial o un obstáculo para el desarrollo?

Ya es hora de que cada candidato, con el alma abierta y la cara lavada, diga al país lo que piensa.