El sufrimiento de una madre
Estoy sentada frente al televisor, lo apago, lo prendo... y lo único que puedo hacer es llorar. Silvia Tesán de Pietrarelli.
Estoy sentada frente al televisor, lo apago, lo prendo... y lo único que puedo hacer es llorar. Llorar en primer lugar por Candela. Porque siempre el que se va es el que no se lo merece. Y luego por su madre, a quien tan livianamente se trata de involucrar en un hecho macabro y sobre quien nadie sabe por lo que está pasando. Nadie, absolutamente nadie, que no haya pasado por este inexplicable dolor de perder un hijo tiene el derecho de suponer, de opinar, de creer saber cómo se siente. Los que hemos perdido hijos tenemos como una cierta inmunidad, adquirida a costa del horror y el dolor, que prohíbe a cualquier otro ser humano juzgar o culpar. Es cierto que hemos asistido muchas veces a casos en que los progenitores abusaban de sus hijos u otras barbaridades, pero demos el beneficio de la duda... ninguna madre entrega a su hija por todo el oro del mundo. Ocupemos nuestro pensamiento en orar por ella, por su dolor infinito, por su duelo eterno, por todo el horror que recién comienza. Ocupemos nuestras energías en exigir justicia. "Pueblo manso el nuestro... sólo sale a la calle cuando le tocan el bolsillo o cuando el horror golpea a su puerta", se solía decir, también de modo injusto. Créanme... hay que tener mucho coraje para sobrevivir a la muerte de un hijo, sea en las circunstancias que fuere.

