El secundario, una emoción definitiva
En estos días de noviembre habrá chicos que podrán contarles a sus padres cómo es la rara emoción de terminar el secundario.
En estos días de noviembre que pasan montados sobre un giro más de esta calesita llamada Tierra, los ánimos comienzan a estremecerse de sensaciones de final. Si se ponen bajo el ojo de las miradas más generales y distantes, es posible que las imágenes de la película aparezcan, al fin, sólo como una repetición de las cosas del vivir. Pero para muchas historias individuales son instantes originales, únicos en el tránsito por la vida. En los finales de noviembre, los chicos que terminan el secundario aprovechan para gritar por últimas veces el nombre del colegio; para mirar a sus compañeros y retener sus rostros y sus gestos; para empezar a atesorar una edad que se esfuma, pero nunca del todo. Gritan, ríen, cantan, saltan. Es tanta la alegría que, a veces, un soplo de tristeza les toma por asalto la respiración; por eso, si aprietan fuerte los ojos se les pueden escapar lágrimas, incluso hasta inundarles las caras. Son lágrimas demasiado frescas, debutantes frente a la intuición de la nostalgia: desde la humedad del alma, puede verse que lo que se vive con tanta intensidad se vuelve pronto materia impalpable de los recuerdos; hay sensaciones, aromas, maneras de percibir que jamás vuelven a recuperarse en el presente. Somos y seremos aquellos que en esos años nos abrazamos a una identidad casi definitiva: lo que hemos aprendido, interpretado, decidido, soñado en los días adolescentes no nos abandona jamás. Sin embargo, esto que parece tan universal, esto que los que cargamos décadas en la mochila respiramos con un hálito de nostalgia y que los muy pequeños se aprestan a vivir más temprano que tarde, no es un episodio común en la historia de todos. Son muchos los que no tienen registros en su memoria de días así, de papeles arrojados al aire de la primavera, de inquietudes por un viaje de estudios, de mariposas en la panza por la incertidumbre de lo que vendrá. Hay historias que en su adolescencia han atravesado los días de noviembre sin muchas más emociones que las del trajín cotidiano. Por eso, no siempre lo que uno ha vivido, por más que se repita, es tan universal como parece, sino que está determinado primero por la pertenencia a un sector social y, a partir de allí, por las chances de educarse, de saborear otras vivencias, de llegar al umbral de la juventud con expectativas y herramientas para afrontar el desafío de construir un lugar en la sociedad. Pero hay cosas que, como país, nos están resultando mejor: el 40 por ciento de los chicos argentinos que hoy cursan la escuela secundaria son primera generación de estudiantes de ese nivel de sus familias. El dato surgió este año de las pruebas de evaluación internacionales Pisa (2012) y cuenta, además, que en la Argentina sólo terminó el nivel medio 40 por ciento de los padres de alumnos secundarios y 46 por ciento de las mamás. Hemos sido capaces de abrir el horizonte para más pibes nuestros. Y eso, claro, es crecer como sociedad. En estos días de noviembre habrá chicos que podrán contarles a sus padres de qué se trata la rara emoción que se siente al estar parados a las puertas del después, sostenidos por un ayer que de pronto se ha vuelto consciente de que una parte decisiva de la vida ya ha sido vivida.

