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El Premio Nobel, al fin, una opinión

Mario Vargas Llosa, reciente ganador del Nobel de Literatura, dijo sentir vergüenza por tener un premio que nunca tuvo Borges. Alejandro Mareco.

10 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
El Premio Nobel, al fin, una opinión

Es posible que siempre haya sido así. Las multitudes habitantes de este mundo padecemos de una enfermedad incurable: la inocencia. Pareciera que necesitamos que se nos hable en nombre de una verdad incuestionable, cuando ya tenemos miles de años de experiencia en saber que no hay nada bajo este sol que no pueda ser objeto de cuestionamiento, ni siquiera lo que vemos con los ojos, o lo que creemos ver. Suele suceder que de esa inocencia saquen partido los que tanto la han perdido, que acaso ya nunca la tuvieron. Los premios Nobel, que se plantean como misión elegir lo más auspicioso, lo mejor de la humanidad, están blindados por un aura de verdad contundente. Pero veamos: son otorgados por ciudadanos suecos (o noruegos, en el caso de el de La Paz), con la pretensión de que esa mirada desde una terraza occidental abarque a todo el mundo, incluidas las culturas más lejanas. Son muchos episodios los que abonan la idea de que, a la par de un reconocimiento, representan también un instrumento, un arma política, como que se ha entregado el Nobel de la Paz a Barack Obama (un actual comandante de guerras), a Mijail Gorbachov (el de la sangrienta represión a Chechenia) o a Henry Kissinger (mientras Estados Unidos sostenía la Guerra de Vietnam). Pero podríamos empezar diciendo que los que premian son hombres y que, en consecuencia, sus miradas están influidas (el de Economía fue instaurado por el Banco Central de Suecia; es decir, la economía según el punto de vista de los bancos). El propio Mario Vargas Llosa, flamante ganador del de Literatura, lo dejó expuesto: en sus primeras declaraciones, tras enterarse de la distinción, habló de cierta vergüenza por recibir el premio que nunca tuvo Jorge Luis Borges. “Aunque no es el momento y yo no soy la persona indicada para cuestionar a la Academia, menos en este día”, dijo. Es que la euforia que da semejante premio es capaz de superar cualquier actitud crítica. La euforia tiene que ver con que el Nobel está apuntalado por poderes de Occidente para funcionar como “la gran verdad”. Sin embargo, en la mención de Vargas Llosa a Borges está casi todo dicho: ¿los académicos suecos, los de hoy y los de antes, saben más de literatura que el propio Vargas Llosa? La respuesta (siempre cuestionable) probablemente es no. Entonces, el Premio Nobel no es “la verdad revelada”; es una opinión, de peso, pero una más, como todas las que cada año disparan sus decisiones.