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El perro negro

Muchas madres viven mezcladas con los recuerdos infantiles de quienes ya no las tienen consigo. Ángel Stival.

17 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
El perro negro

Los entretenimientos eran numerosos y variados para un niño del nordeste argentino a mitad del siglo pasado: jugar a la pelota, cazar pájaros, andar a caballo o escuchar por radio las aventuras de Tarzán a las 6 en punto de la tarde. Las ruedas nocturnas con los peones eran esporádicas, estacionales, pero también inolvidables. De allí volvía el niño después de oír historias de aparecidos, "alma mulas" o luces malas con un susto que sólo se le pasaba con las primeras luces del día siguiente. La "luz mala", por ejemplo, se les aparecía a los hombres que volvían a caballo o en sulky en las noches más oscuras y provocaba espantadas simultáneas de humano y animal.Eran fosforescencias producidas por la descomposición de materias orgánicas sobre el suelo o enterradas a poca profundidad. Las osamentas de animales diversos que morían en el campo proveían la mayor parte de la materia del mito recreado en los fogones.Otra diversión la proporcionaban los animales domésticos. Hubo un perro singular, de color negro. que respondía al poco imaginativo nombre de... Negro. Cuando los caranchos se lanzaban en picada sobre los pollos, el Negro los cazaba al vuelo. Pero su comportamiento más notable aparecía por las tardecitas en las que solía irse a un campo de alfalfa a jugar con una liebre. El Negro y la liebre acudían infaltables a la cita diaria, en la que corrían uno a cada lado del alambrado hasta que se cansaban y se volvían cada uno a su lugar de origen. Una vez, la liebre no vino más. La hazaña de jugar con un perro debe haberle conferido una audacia que le costó cara. Si juego con un perro, ¿quién podría hacerme daño?, habrá pensado. El Negro la extrañó un tiempo, pero después siguió su vida hasta que murió de viejo. O mejor dicho, de un balazo piadoso en la cabeza que no le arrancó ni un quejido, cuando apenas si podía arrastrar su cuerpo estragado por el paso de los años. En ese paisaje andaba mamá, ordeñando vacas, haciendo de comer, lavando y planchando ropa y rezongando por la tacañería que la vida demostraba a la hora de repartir felicidad.