El peronismo y las relaciones internacionales
En medio de las potentes discrepancias internas de la actual administración, los vínculos con el mundo son coherentes con la historia del peronismo, a la vez pragmático y atravesado por contradicciones ideológicas.
La política exterior que predica el gobierno de Alberto Fernández no debería sorprender a ningún analista. En medio de las potentes contradicciones internas de la actual administración, ese aspecto de gestión es totalmente coherente con la historia del peronismo en materia de relaciones internacionales, siempre condicionada por un vector determinante en la política exterior argentina: las relaciones con Estados Unidos.
En su concepción original de las relaciones internacionales, el creador del “movimiento”, Juan Perón, se resistió a un alineamiento incondicional con Washington, pero nunca dejó de reconocer el liderazgo norteamericano en Occidente. De aquellos tiempos fundacionales, mientras tanto, quedó la mácula de un suelo argentino transformado en paraíso para los jerarcas nazis que huían de Europa.
En el plano estratégico, Perón evitó actitudes frontales con la Casa Blanca, aunque no adhirió a los acuerdos de Bretton Woods ni al multilateralismo en el comercio internacional propugnado por los países desarrollados del mundo occidental aliados a Estados Unidos. Prefirió, en cambio, mantener una estricta política comercial bilateral.
Basta recordar el famoso postulado de la “tercera posición”, con el que Perón edificó su visión de autonomía a partir de un juego de equilibrio entre Estados Unidos y la Unión Soviética, las dos superpotencias en pugna durante sus presidencias. Esto más o menos funcionó hasta que su fuerte modelo nacional-distribucionista se quedó sin “oxígeno” sobre el final del primer mandato y tuvo que empezar a mirar con más cariño hacia Washington.
Luego llegaría la incorporación al Movimiento de Países No Alineados, una agrupación de estados con pretensión de neutralidad que surgió en épocas de la Guerra Fría. Argentina desembarcó en esa organización como miembro pleno en septiembre de 1973, pero salió en 1991, cuando Carlos Menem, a contramano de la tradición peronista, mantuvo “relaciones carnales” con Estados Unidos. Por obra del kirchnerismo, retornó en 2009 como miembro observador (sin voto), rol que ocupa hasta la actualidad.
Nacido con una impronta “tercermundista”, No Alineados hoy no tiene la relevancia de antaño, pese a que incluye a dos tercios de la ONU con la sola excepción de Estados Unidos, Rusia, un puñado de países desarrollados y Europa.
Con un contexto internacional muy distinto a las décadas de 1960 y 1970, y al margen de esa configuración variopinta, en No Alineados hoy tienen un rol estelar países como Irán, Venezuela y Cuba, como una forma de hacerles honor a las viejas autocracias fundadoras de la organización que más bien miraban con recelo el bloque occidental.
Ser o no ser
En simultáneo a su pertenencia a esa organización, el país del peronismo en su versión kirchnerista jamás resignó su foto en el G-20. A ese foro internacional, que aglutina a las economías más grandes del mundo para tratar temas de interés global, Argentina fue invitada a participar en tiempos prooccidentales de Menem, a la vez que tuvo su época de gloria dentro de ese espacio durante la presidencia del prooccidental Mauricio Macri.
Al contrario de lo que ese historial hace presumir, Cristina Kirchner fue una asidua e incómoda asistente a las cumbres del G-20, y Alberto Fernández no tiene problemas en mantener esa costumbre (con el visto bueno de su vicepresidenta, claro). Mientras tanto, el kirchnerismo extremo visualiza a ese foro como un engendro neoliberal, aunque debe agachar la cabeza frente a la decisión de sus gobiernos: al menos pudo exteriorizar abiertamente sus sentimientos contra el G-20 cuando Cambiemos permaneció en el poder, entre 2015 y 2019.
Otro dilema para el juego de equilibrio inestable de Alberto Fernández en las relaciones internacionales era la posibilidad de Argentina de incorporarse a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), puerta que había dejado abierta el gobierno de Macri.
Era (o más bien, fue) un dilema porque hace algunos días el organismo que nuclea a las economías más prósperas del planeta eligió a Perú y a Brasil para avanzar en el proceso de integración a ese selecto grupo, ante la falta de interés mostrada por el gobierno actual.
En teoría, la fracción albertista del actual gobierno (es decir, los pocos miembros del gabinete que responden al Presidente) está guiada por una concepción pragmática más parecida al peronismo sin oxígeno del período 1951-1955. La otra fracción, que es la dominante y está liderada por la vicepresidenta, percibe al mundo en blanco y negro, situación que termina rompiendo con toda posibilidad de equilibrio.
Por empatía ideológica y, qué dudas caben, por un entramado de negocios que sólo asoman a la superficie como puntas de grandes icebergs, la fracción dominante impone que el lugar en el mundo de Argentina está al lado de Cuba y de Venezuela, mientras busca socios como Rusia e Irán, la síntesis perfecta de la rebelión frente a la jefatura planetaria de Estados Unidos.
La clave del éxito para el país, según esa fracción, son las catarsis de los izquierdistas Grupo de Puebla y Foro de San Pablo antes que los cantos de sirena del G-20 o de la Ocde.
En tiempos de nueva crisis del modelo distribucionista populista, sería fundamental la opinión esclarecida de Perón sobre los amigos que hoy se necesitan.
* Periodista y politólogo

