El perdón y la estima nacional
Es posible que un Estado pueda pedirle disculpas a otro Estado por causas o situaciones diversas, pero es un acto de poca integridad hacerlo frente a un grupo de empresarios y sus intereses muy particulares, incluso como modo de tender una alfombra roja para que traigan algo de su dinero.
Tal vez el imperio de la necesidad por conseguir inversionistas que acerquen algo del capital imaginado que no aparece pueda forzar palabras sin retorno. Lo cierto es que el reciente pedido de perdón en nombre del Estado argentino a un grupo de empresarios españoles, por parte del ministro de Hacienda y Finanzas Públicas de la Nación, Alfonso Prat Gay, y por las nacionalizaciones de YPF y Aerolíneas Argentinas, es probable que tenga el destino de quedar como una de las expresiones más desafortunadas en la memoria de la estima nacional. Más allá de las consideraciones ideológicas, de la conveniencia de las decisiones, de su resultado, del precio que el Gobierno anterior haya pagado (que en el caso de YPF fue en su momento el centro de las principales críticas, por beneficiar demasiado a Repsol) y de la devastadora acción que llevaron adelante los capitalistas españoles que sumieron la privatización de empresas clave del patrimonio de nuestra sociedad, fueron medidas tomadas por el Estado soberano argentino. Ese Estado de ayer es el mismo de hoy, aunque haya cambiado de rumbo político, y es el que siguen representando los altos funcionarios. Es posible que un Estado pueda pedirle disculpas a otro Estado por causas o situaciones diversas, pero es un acto de poca integridad hacerlo frente a un grupo de empresarios y sus intereses muy particulares, incluso como modo de tender una alfombra roja para que traigan algo de su dinero. El episodio también nos dice algo sobre la vieja y recurrente preocupación por “la imagen argentina en el exterior”. La mirada del otro nos define, sí, nos da algunas pistas sobre nuestra identidad, y no necesariamente cuando es favorable, porque también hablan de nosotros las maneras en las que buscamos aprobación. El mayor problema es cuando asumimos la mirada de otros para vernos a nosotros mismos. Es tan evidente la trampa que casi que huelga hablar sobre ella: nunca nos vieron ni tan lindos ni tan buenos como cuando, en la década de 1990, entregamos nuestro patrimonio más esencial y, decididamente, contribuimos más a la prosperidad de otros que a la nuestra. La estima nacional no es un mero asunto espiritual o psicológico de un colectivo, sino también una manera de plantarse frente a los demás para defender el interés de todos, pues eso representa el Estado. A la vuelta de la esquina, en poco más de un mes, nos esperan los 200 años de nuestra Independencia. Es la autoestima original que siempre tenemos que honrar.

