El paso de los hombres y la ley de Arizona
La humanidad marchó antes de tener conciencia de sí misma y de que, al final, todos somos recién llegados a esta Tierra, que tiene millones de años mientras que los hombres tenemos muchos, pero muchos menos. Alejandro Mareco.
Dicen que el hombre se levantó sobre sus pies y con la brisa aliviando su cabeza y sus sentidos, antes casi aplastados contra el piso, se puso a marchar sin descanso ni final. Esa marcha que acaso se inició en la sabana africana, de donde se supone que nació el hombre, no terminó jamás: llegó a Europa, a África, a América.
En la conquista del planeta, el hombre tuvo muchas características especiales que jugaron a su favor. Y una de las principales, la que le permitió escapar de devastadoras adversidades hasta encontrar refugio, fue la capacidad de caminar. No hay otra especie que sea capaz de soportar tanto camino, de hacerse tanto camino al andar.
Entonces, es posible sospechar que se diversificaron sus rumbos y los hombres fueron a parar a paisajes muy diversos, a los que se fueron adaptando. ¿O hay otra posibilidad? Por ejemplo, ¿los guaraníes simplemente florecieron en la selva misionera como florecen las orquídeas? Es más probable que un día hayan llegado adonde estaban las orquídeas y hayan aceptado la invitación del paraíso. ¿Quién no lo haría?
La humanidad marchó antes de tener conciencia de sí misma y de que, al final, todos somos recién llegados a esta Tierra, que tiene millones de años mientras que los hombres tenemos muchos, pero muchos menos. Hoy ya no quedan islas desiertas (como las que soñaban algunos personajes de nuestro gran Roberto Arlt) o al menos sobre las que el hombre no haya echado una mirada. Es que, como la especie más exitosa del planeta, hemos llegado a todos los rincones del mundo.
Esa marcha indetenible ha sido impulsada siempre por la necesidad, o también por los sueños, y hay circunstancias en las que ambas razones se confunden. Pasa cuando los mejicanos quieren cruzar a Estados Unidos: por un lado, se trata de escapar de la miseria y, por otro, de correr detrás de una ilusión, de esas que tienen que ver con el dinero como símbolo de realización personal, tal como se pregona en la publicidad del capitalismo.
Pero el mundo no es para todos igual. Entonces, en una sociedad como la de Estados Unidos, formada sobre todo por inmigrantes y en la que se pregona la libertad de los capitales para derribar fronteras, un Estado dicta una ley que permite detener a toda persona que no lleve documentos consigo y muestre gestos sospechosos, es decir latinos (algo así como la legalización de la consigna "portación de rostro", de la que también sabemos aquí). Esa ley de Arizona está cuestionada por la Justicia federal norteamericana por asuntos formales y no por su contenido.
Pero los poetas, que siempre dicen la verdad, dicen: "Caminante no hay camino " (Antonio Machado). Ese es el estigma y la libertad del hombre.

