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El Papa como actor político

25 de marzo de 2013 a las 06:59 p. m.
Redacción La Voz
El Papa como actor político

Más allá del impacto que causó la elección de Jorge Mario Bergoglio como nuevo papa, y de lo que piensen y sientan quienes profesan el catolicismo, no se puede dejar de lado que los jefes de la Iglesia han sido siempre actores políticos. Algunos lo fueron más, como Juan Pablo II, y otros menos, como Benedicto XVI, pero todos tuvieron que ver con la política internacional de sus tiempos.

Apenas se conoció la designación de Bergoglio se especuló sobre cómo sería su pontificado. El rango de posibilidades abarcaba las más diversas variantes: según la posición ideológica de cada uno, había quienes hablaban como si Francisco fuera un representante de la Teología de la Liberación y había también quienes lo identificaron con lo más retrógrado de la Iglesia. Un reduccionismo absurdo en ambos casos.

Lo cierto es que el nuevo obispo de Roma, Francisco, no es ni una cosa ni la otra.

Por origen, educación y formación profesional, está intelectualmente más cerca de Europa que de la Latinoamérica profunda.Pero su trabajo con la gente más pobre de su diócesis lo ubica en una dimensión más cercana a la realidad de la que conocen los monseñores que toman las grandes decisiones desde Roma.

Estamos hablando de la Iglesia Católica. No hay que perder de vista este punto. La Iglesia no va a elegir para sí un jefe que no la represente.

En cambio, sí puede elegir a uno que la represente y además promueva cambios más o menos importantes que pongan fin a la sangría de fieles que durante las últimas décadas emigraron hacia los cultos evangélicos o directamente hacia el secularismo.

Por esta razón los obispos eligieron a uno de ellos. Uno que ha dejado clara su posición contraria al matrimonio igualitario, el uso de anticonceptivos y el aborto.

La Iglesia no quiere cambiar tanto, por eso es lícito preguntarse si la reforma que parece prometer la elección de un papa argentino no será simplemente una modificación del relato.

Francisco va por la reconquista de América latina. En principio, no parece racional señalar que su papado puede apuntar a los gobiernos legítimamente establecidos, como todos los actuales salvo los de Honduras y Paraguay.

Cuando se compara la situación de este continente con la de Europa Oriental en la década del ’80 y el rol que Juan Pablo II jugó con Estados Unidos contra el comunismo, se olvida que la entonces Unión Soviética ya había comenzado un proceso de decadencia que llevaría a su caída 10 años después. Caída legitimada, además, por los ciudadanos de los países involucrados.

No es el caso de nuestra región, que desde hace tres décadas avanza en la consolidación de gobiernos democráticos legal y legítimamente constituidos.

Por eso, el verdadero desafío de Francisco será consolidar y hacer crecer la Iglesia en el continente que más fieles tiene, ya que el 60 por ciento de los autodefinidos católicos del mundo es de origen latinoamericano.

Un ejemplo al respecto: una encuesta del Pew Forum sobre Religión y Vida Política dada a conocer en diciembre de 2011 y titulada “Cristianidad global”, revelaba que el 76,8 por ciento de los argentinos se dice católico, pero de ellos sólo el 19 por ciento va a misa. En Europa, la población que se declara católica llega apenas al 24 por ciento (de un 65 por ciento en 1910, según el World Christian Database).

Otra tarea que tendrá connotaciones políticas será establecer puentes con el mundo musulmán. El viernes dio un claro mensaje al respecto.

La distancia entre las dos principales religiones del mundo pudo haber contribuido a la islamofobia que siguió a los atentados del 11-S y a las nefastas políticas represivas que los Estados Unidos llevan adelante desde entonces.

Un dato significativo: el Vaticano no mantiene relaciones diplomáticas con Arabia Saudita, el principal aliado estadounidense en el mundo árabe-musulmán y el más intransigente respecto de las cuestiones religiosas.

El papa Francisco también envió señales claras a China. En ese país, que restringe el culto, es el gobierno el que nombra a los obispos, no el Vaticano. En China viven aproximadamente 67 millones de cristianos (el cinco por ciento de la población), de los cuales nueve millones son católicos, lo que representa a la comunidad cristiana más grande como minoría en un país. Las iglesias cristianas no registradas oficialmente trabajan prácticamente en la clandestinidad. China exige, para establecer relaciones diplomáticas con el Vaticano, que este desconozca a Taiwán y deje de reclamar la potestad de nombrar a los obispos, lo que lleva al conflicto a un punto, aparentemente, sin resolución.

En Estados Unidos, los desafíos de Francisco pasan por los juicios millonarios que tiene que pagar la Iglesia cada vez que se comprueba un caso de pederastia. Millones y millones de dólares se gastaron en el reino de los juicios. El dinero es sólo el símbolo de la podredumbre que sube desde las raíces hasta las cúpulas de la jerarquía. Será interesante ver cómo asume el nuevo papa el tratamiento de este tema.

¿Y que hará con la Europa desquiciada por la crisis? ¿Y con África, eterna cenicienta, donde el progreso de sociedades y naciones se ve jaqueado por luchas internas e intereses externos?

Parece demasiado trabajo para un solo hombre.

(Este artículo fue publicado en la edición impresa del domingo 24 de marzo de 2013)