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El país de los tiros y las trompadas

Alguien debería avisarles a todos los que creen que las cosas se resuelven por la fuerza, los insultos y los estigmas que el país de los tiros y las trompadas tiene ganas de tomarse un descanso. Alejandro Mareco.

06 de noviembre de 2011 a las 12:01 a. m.
El país de los tiros y las trompadas

¿Cómo es posible mensurar el poder de los violentos? Según los límites que estén dispuestos a atravesar. Así, por ejemplo, sucede con los barrabravas del fútbol argentino, tipos dispuestos a todo, como pelearse con la Policía, matar o morir en un cruce de hinchadas o en cualquier otra situación sombría. En consecuencia, se convierten en dueños de una contundente herramienta a la hora de negociar con otros poderes visibles e invisibles, una fuerza que incluso es un camino para conseguir impunidad, la más evidente y perversa de todas las pruebas del goce de poder, ese que muchos consiguen con dinero y con armas (desde Estados Unidos hasta los carteles del narcotráfico) y otros, con lo que pueden. El fútbol, en este sentido, está intoxicado de una violencia que una y otra vez vuelve a desplegarse de maneras que quizá se presentan absurdas, pero que ponen a la luz cierta puja que se da en las sombras y de la que no sabemos demasiado. Como siempre, los entramados que se tejen por pequeñas o grandes dosis de poder suelen ser un misterio. Los códigos de las canchas se han trasladado, incluso, a otros ámbitos, y las pequeñas identidades, ese mágico elixir que nos alimenta a los hinchas de un equipo y que deberían ser relativas dentro de una identidad mayor, se transforman en identidades absolutas. Acaso las identidades pequeñas ayudan a un sentido de existencia social que no puede hallarse entre tantas adversidades para construir un destino individual y colectivo. Tiene que ver con ese ahogo que padecen las grandes masas, incluso en el Primer Mundo. Pero esos pretendidos sentimientos que se expresan en signos de pertenencia a los colores de una camiseta parecen proclamar el rótulo de una retorcida pasión. Pasa en estos días, en los que la barra de Boca aparece dividida por el regreso a las canchas de uno de sus líderes (no vale la pena nombrarlo) después de pasar cuatro años en la cárcel: la confrontación contra otro líder, en apariencia, ha superado la capacidad de resolución de los dirigentes y demandó la intervención de la Justicia. Demasiada muestra de poder, por un lado, y de fragilidad, por otro, es lo que parece verse, aunque en realidad semeja un paso de comedia, como tantos episodios por el estilo. Todos saben de todos, sólo que se hacen o son. Los violentos no sólo ocupan espacios desde la prepotencia del miedo, sino también porque se ofrecen funcionales a los códigos de acción de algunos poderes, y en esto el fútbol nuestro es un ejemplo resuelto, aunque también se registra en otros escenarios. Puede pasar desde lo más grave, que el código de la prepotencia y la violencia termine con una muerte, como en el caso de Mariano Ferreyra en el conflicto ferroviario, hace apenas un año, víctima del viejo concepto que afirma que el sindicalismo es un campo de batalla. Y cabe incluso, en esta percepción, la agresión por parte de agremiados del Sindicato de Empleados Públicos provinciales (SEP) a nuestro compañero Luis Kempa, de La Voz del Interior , el viernes pasado. Alguien debería avisarles a todos los que creen que las cosas se resuelven por la fuerza, los insultos y los estigmas que el país de los tiros y las trompadas tiene ganas de tomarse un descanso.