El modo rockero de ver (o de no ver)
El proyecto para instituir como Día Nacional del Músico a la fecha del nacimiento de Spinetta no parece inclusivo ni lúcido.
En aquel original y conmovedor desfile del 25 de mayo de 2010, cuando esta condición argentina celebró 200 años de vida, pasaron una docena de cuadros que contaron algunos de los capítulos más determinantes de nuestra historia, así como en la escena móvil estuvieron los grandes hitos de nuestra cultura.
Por eso es que pasó la música, acaso uno de los más fieles retratos de nosotros, en tanto las multitudes –el pueblo– se aferraron a nuestros sones para acompasar los días; para revelar y dar a comprender los sentimientos; para decir cantando una verdad, una razón, una pasión; para contar con notas las sensaciones de habitar este rincón austral del mundo, estos paisajes que nos definen frente al cosmos (y que marcan el pulso que transmite la tierra que nos cobija), este modo humano de ser y de entenderse con la esencia existencial y hasta con el absoluto.
Cada una de esas cosas habla con su propio sonido; hasta es posible que todas juntas estén presentes en cada canción popular. Porque los retratos, por más parciales que se presenten, siempre tienen algo de totalidad.
En aquel maravilloso atardecer, se reunieron unos tres millones de personas para emocionarse frente a la mayor conquista que un pueblo, al igual que cada hombre, puede tener: la vida. Y por las calles de Buenos Aires pasaron primero el folklore y su originalidad rural: el país del interior. Luego el tango, la flor que se abrió en medio del estallido urbano que con la llegada de los inmigrantes sacudió las raíces que la gran ciudad.
Al final, como si llegara con el soplo fresco de la novedad y sobre un cuadro más austero, cerraba la marcha el rock nacional.
No hay modo de cegar los ojos frente a lo que esta corriente fundamentada y fundada por enormes talentos (Litto Nebbia, Charly García, “el Flaco” Spinetta) ha significado en la cultura popular, marcada en la piel de tres generaciones.
Hay quienes se quejan por la denominación “rock nacional”, por la contradicción que encierra su origen anglosajón. Pero acaso sólo se trate de un nombre que nace con palabras que al andar ya no dicen lo mismo (es como quejarse porque a la música de cuarteto no la hagan bandas de cuatro integrantes).
Además, como todo lo que hacemos, está atravesada por la cultura que cargamos, tango y música criolla incluidos.
De todos modos, es una expresión urbana que ha encontrado su más sólido arraigo en Buenos Aires (como que las manifestaciones del interior no han sido muy valoradas, sobre todo si se permanece en el interior).
Todo esto viene a cuento por la intención de instituir como el Día Nacional del Músico a la fecha de nacimiento de Luis Spinetta, un héroe de nuestra cultura popular, impulsada por la diputada nacional Mayra Mendoza (Frente para la Victoria), con el respaldo del Instituto Nacional de Música (a cargo de Diego Boris).
No es una iniciativa ni abarcadora ni inclusiva; por lo tanto, tampoco lúcida. Parece más bien otro gesto de esa manera porteña y rockera de ver las cosas (o de no verlas), que hace que sólo tenga sentido aquello que pasa por ese prisma (por ejemplo, se suele decir de Los Manseros Santiagueños que son “los Rolling Stones del folklore”, como si no hubiera modo de decodificar y comprender las cosas que no sea a través del rock, sin reparar en lo colonizadas que resultan frases como esta).
Se argumenta a favor la conquista que significó la castellanización del rock. Puede ser, pero músicos como Cuchi Leguizamón y Astor Piazzolla hicieron que fuera la música misma la que sonara en argentino.

