El mito del desarrollo sin ética ni república
Quizá la construcción de una auténtica república democrática sobre un inflexible núcleo ético de conductas y principios sea el camino más largo y difícil de seguir.
Konrad Adenauer fue quien lideró el proceso de reconstrucción de Alemania occidental (1949-1963) después de la devastación que dejaron el nacionalsocialismo y las dos guerras mundiales. Podría pensarse que tamaña misión sólo pudo haberse llevado a cabo con la suma del poder público. Sin embargo, no sólo que Adenauer pudo lograrlo gobernando de manera ética y republicana, sino que también lo hizo pese a no haber gozado durante muchos años de mayoría parlamentaria propia. Sesenta años después, esa misma Alemania erigida de sus escombros tiene las instituciones políticas más consolidadas de Europa, los niveles de corrupción más bajos junto a los países nórdicos y, como si esto fuera poco, un desarrollo económico y social que la convierte en potencia europea y mundial, a pesar de la crisis.En la actualidad, la instauración de la república como forma de gobierno en la Argentina es el proyecto político más original y revolucionario de todos. Efectivamente, es el más antiguo, aunque también el jamás concretado proyecto republicano. Con contadas excepciones, como el gobierno de Arturo Illia, nuestro país ha oscilado entre autocracias electivas y no electivas; en otras palabras, el Gobierno argentino ha estado en manos casi con exclusividad de caudillos populistas y facciones oligárquicas militares y civiles. Con discursos y metodologías diferentes y en distintos grados de intensidad, ambas encuentran en el autoritarismo su denominador común. El más original. El jurista argentino Germán Bidart Campos sintetizó las características principales de la forma republicana de gobierno vigente desde 1853 (formalmente) en el artículo primero de la Ley Fundamental: división de poderes; elección popular de los gobernantes; temporalidad del ejercicio del poder, o sea, renovación periódica de los gobernantes; publicidad de los actos de gobierno; responsabilidad de los gobernantes; igualdad ante la ley. Podría agregarse la libertad de expresión y de prensa, la independencia del Poder Judicial y la ética en la función pública. Me pregunto: ¿no es este el proyecto político –el que parece ser el más gris y aburrido en comparación con la épica de la "lucha contra las corporaciones"– el más transgresor y original de todos?Paradójicamente, la realidad es que en los últimos años gran parte de la sociedad ha exigido a sus dirigentes políticos la discusión e implementación de "propuestas concretas", "programas de gobierno serios" y "políticas de Estado" a los principales problemas que nos aquejan, como la inflación, la inseguridad, la corrupción, la pobreza, el sistema de transporte, educación y salud pública, el régimen impositivo, etcétera.Sin embargo, ¿de qué manera puede discutirse de forma racional y responsable, por ejemplo, una reforma educativa, mientras se atenta de manera permanente contra la división de poderes y la libertad de expresión? ¿Cómo se pretende que oficialismo y oposición dialoguen para reconstruir el sistema de transporte y evitar más catástrofes como la del ferrocarril Sarmiento, si justamente la causa de ellas es la depredación del patrimonio público a través de monstruosos niveles de corrupción e impunidad?Hacer esto es tan irracional como hubiese sido exigirle a Nelson Mandela que se ocupara del cuidado del ambiente mientras su pueblo ardía en la violencia, segregación racial e intolerancia después de décadas de apartheid (exclusión racial).No obstante, esto no quiere decir que su gobierno y él carecían de programas sobre cómo preservar el ambiente, ni tampoco que no tuvieran posturas ideológicas definidas. Antes bien, eran conscientes de lo ilusorio y gravemente perjudicial que sería ocuparse y discutir sobre cuestiones como estas sin haber resuelto primero lo básico e indispensable para la subsistencia misma del Estado.Si todavía no hemos avanzado en consolidar un primer núcleo básico de coincidencias éticas de conductas y principios inquebrantables, como no robar, no mentir, no traicionar y no usar al otro, ni tampoco un segundo círculo elemental que hace a cumplir con la forma de gobierno de la Constitución, ¿se puede ser tan ingenuo como para pretender combatir los problemas estructurales de desarrollo de nuestra sociedad? Creemos que no sin haber encontrado previamente ese piso mínimo de consenso ético y republicano.Ser funcional a quienes no quieren que la Argentina sea una república de principios –para perpetuarse en el poder y enriquecerse de manera descomunal e impune– es inducir de manera irresponsable a la sociedad y a la dirigencia política a discutir de astrofísica sin haber aprendido a sumar y a restar en primer lugar.Quizá la construcción de una auténtica república democrática sobre un inflexible núcleo ético de conductas y principios sea el camino más largo y difícil de seguir. Asimismo, quizá por este motivo, como país hemos optado de forma reiterada por seguir los tentadores y atractivos atajos propuestos por demagogos, a pesar de que nos terminaron conduciendo siempre hacia el abismo.De todos modos, si los alemanes, quienes sufrieron como pocos las consecuencias de la desaparición absoluta de república, libertad y límites éticos, fueron capaces de resurgir de sus cenizas precisamente por la decisión colectiva de no repetir los errores del pasado, no se encuentran razones por las cuales, con las oportunidades inéditas que tiene nuestra región desde hace años, los argentinos no podamos, por fin, animarnos a vivir en la decencia, la república y el desarrollo sostenido.
*Secretario de la Asamblea de la Coalición Cívica – ARI

