Temas del día:

El miedo y la soledad

La respuesta sobre lo que vendrá la suministra la memoria, porque hemos acumulado conocimientos y experiencias, placer y amarguras o dolor.

10 de noviembre de 2014 a las 12:01 a. m.
Arnaldo Pérez Wat (Periodista)
El miedo y la soledad

El miedo figura entre nuestras inclinaciones más profundas, primitivas y universales, juntamente con la cólera.

Cuando tomamos a un bebé de un mes y lo arrojamos al aire (¡bestias!), un temblor repentino delata el primer miedo que siente. Pero el que inventó al hombre le puso, para esa emergencia, un mecanismo de defensa que puede cambiar la realidad.

De esa manera, cuando la madre lo deja solo por un minuto o cuando lo suben a un bote que se bambolea, el pequeñito grita porque no sabe cuánto tiempo estará así. Al rato, se lo nota tranquilo, pues ha cambiado la realidad. (A dónde fue a parar ese miedo, lo dirán después los psicólogos).

En la oscuridad de la noche, la mente del niño suele evocar peligros y brujas, pero, en su cuna, el más pequeño aún no posee esa conciencia moral ni siente todavía la soledad.

Seis o siete décadas más adelante, si ese ser queda solo, ya podemos pensar en dicho miedo. Porque, si después de una rica vida en relaciones humanas, pierde a la esposa cuando los hijos ya no están, esa repentina soledad provoca un descenso en su tono vital. Es una soledad no buscada, que puede desembocar en una neurastenia.

Curiosamente, en ocasiones ya no tan comunes, la soledad lleva a obtener efectos bienhechores. Ya Anaximandro sostenía que el sabio nunca está mejor acompañado que cuando está solo; pero, para Aristóteles, aquel que desea una vida solitaria no es un hombre sino un dios o un bruto.

Es que en la soledad uno está reducido a sus propios recursos y se muestra lo que tiene por sí mismo. Allí, el necio siente pánico agobiado por su pobre individualidad, mientras que el espiritualmente rico puebla y anima con sus ideas el paraje más desierto.

Pero, como los sabios no abundan, la enfermedad más destructora que se trata en el consultorio del psiquiatra es la soledad.

Además, en otras ocasiones no tan comunes, los psicoanalistas distinguen con claridad el miedo de la angustia: el primero constituye una reacción normal ante un peligro real; la segunda se refiere a un miedo sin objeto.

La respuesta sobre lo que vendrá la suministra la memoria, porque hemos acumulado conocimientos y experiencias, placer y amarguras o dolor. Parece, entonces, que la única manera de librarse del miedo a la soledad es el autoconocimiento.

Un hombre puede sentirse solo y no estar solo en la escalera mecánica de un centro comercial. Y puede estar solo y no sentirse solo, como Immanuel Kant. Pero puede también no estar solo y sentirse terriblemente solo, como Nietzsche. En sus páginas, este filósofo (que mantenía alguna relación con sus contemporáneos) dejó dicho: “Puedo cantar y quiero hacerlo aunque esté solo en mi casa vacía y tenga que cantarlo para mis propios oídos”.

En conclusión, y descendiendo a nuestra realidad: cuanto más esperanza hay en el corazón, menos miedos aparecen en la razón. Y cuanto más libertad existe en una nación, menos miedo se sentirá en la población.

Los medios de comunicación siguen decayendo en su calidad y aumentando su ruidoso mensaje. Pero si el ciudadano decide ignorar esa vulgaridad, puede encontrarse de pronto en un desierto de soledad.

Y, aunque consiga subsistir, su espíritu, como el del oyente común, en todo el mundo, estará a merced de los gobernantes que piensan que sembrando el miedo lograrán más objetivos que con la virtud.

Estos no advierten que, a la larga o a la corta, el que inspira mucho temor, luego a muchos tendrá que temer.