El miedo al silencio
Una marcha en silencio, como la del miércoles pasado, permite escucharnos profundamente y atender las voces de nuestro interior.
Vivimos épocas ruidosas; el silencio se desatiende, se ignora o se rechaza por aburrido. La experiencia humana parece haber olvidado el horizonte de la acción reflexiva, únicamente posible gracias a espacios de silencio. La multitud de sonidos que hoy nos rodea tiene estrecha relación con la velocidad a la que vivimos. Vociferar, protestar, piquetear son las acciones consecuentes.El ruido se instala casi sin darnos cuenta en todos los ámbitos que frecuentamos, desde una cancha de fútbol hasta cualquier espectáculo artístico.Esta especie de atracción inconsciente del ruido alcanza al sistema de valores y sutilmente identificamos ruido con diversión, alegría, éxito y poder. El ruido atrapa e inhibe nuestro pensamiento; es como una válvula de escape de algo que está en silencio, no puede manifestarse y entonces es reemplazado por aquel. El miedo al silencio hace que busquemos estar en contacto de modo permanente con las fuentes de ruido, a veces disfrazadas de una emisión radial, a veces de un programa de chimentos o de una telenovela. En las mismas reuniones de análisis en programas especiales de televisión se manifiesta claramente que se ha perdido la cualidad de conversar, de dialogar buscando unificar criterios; se levanta la voz, se superpone la conversación, se descalifica sin escuchar.El ruido esta identificado con el poder. Hasta en los concursos, los gritos y los aplausos ordenan la prioridad de los méritos.En los encuentros personales, el que más levanta la voz o el que grita se impone. Hemos perdido la capacidad de escuchar. En los recorridos hacia el trabajo o en los paseos por la calle, llevamos los auriculares puestos. Hasta conduciendo y en clase lo hacemos. Hace años, en algunos boletos de transporte se podía leer "el silencio es salud"; en los hospitales estaba el clásico afiche de la enfermera que con su dedo en la boca parecía indicar silencio. Hoy no los veo.Educar en el silencio significa observar, escuchar y luego actuar; esa es la manera de vivir. En la realidad, sucede lo contrario: se aprende hablando. Se premia a los niños que hablan más en la escuela. En fiestas, todos tratan de hablar. En el trabajo, hay reuniones en las que todos interrumpen a todos.Cuando en una habitación hay silencio, muchos se ponen nerviosos. Tienen que llenar el espacio con sonidos. Se habla impulsivamente, inclusive antes de saber qué decir. Se discute, antes de que el otro termine una frase; se interrumpe.Deberíamos pensar en las palabras como si fuesen semillas. Deberíamos plantarlas y luego permitirles crecer en silencio. La tierra siempre nos está hablando, pero debemos guardar silencio para escucharla.El silencio permite entrevistarnos íntimamente. ¿Quién fui? ¿Quién soy? ¿Quién quiero ser? ¿Qué quiero hacer? ¿Por qué hago lo que hago? ¿Cómo quiero sentirme hoy? ¿Qué me motiva? ¿Qué me hace feliz? ¿Cómo sigo?El silencio nos permite ver el "sentido fundamental" de toda acción. Se requiere sólo la voluntad de encontrarnos y no sentir pánico ante nuestra intimidad.Una marcha en silencio, como la del miércoles pasado, permite escucharnos profundamente y atender las voces de nuestro interior, en vez de consumir de modo frenético voces ajenas, y nos prepara siempre para la acción.
*Director de Argex

